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El Caballero de París, el mendigo más popular de Cuba convertido en símbolo de La Habana

El Caballero de París, el mendigo más popular de Cuba convertido en símbolo de La Habana
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"Envuelto en los jirones de una capa negra, de largos cabellos que caían como crespos sobre sus hombros, de mirada llameante y perfil aguileño; llevaba en las manos periódicos y revistas, y un ramo de helechos".

jueves 31 de diciembre de 2020, 01:10h

Más de un siglo después de su nacimiento, el espíritu y la memoria del Caballero de París, mote por el que se conocía al emigrante gallego José María López Lledín (1899-1985), quizás el mendigo más popular en la historia de Cuba, se mantiene vivo a 121 años de su nacimiento, que se conmemoró el miércoles.

"Yo soy el Caballero de París, nací en una ciudad antigua que ustedes no conocen, pero los invito a imaginar que tuvo murallas, palacios y castillos; se llama Lugo y está en Galicia, tierra bellísima, donde llueve a cántaros, que tiene un mar azul del que vuelven cargados de maravillas los pescadores", le dijo el mítico andariego al recién fallecido Eusebio Leal (1942-2020), historiador de La Habana, durante su primer encuentro, cuando todavía el ilustre restaurador era un niño.

Nacido en la aldea de Vilaseca, municipio de Fonsagrada, provincia de Lugo, en Galicia, España, el 30 de diciembre de 1899, López Lledín fue uno de los tantos gallegos que emigraron a Cuba a principios del siglo pasado, tierra que lo acogió en 1913, con apenas 14 años, y a donde llegó a bordo del vapor alemán Chemnitz, junto a tres de sus hermanos buscando nuevos derroteros en América.

Según los que le conocieron en sus primeros años en la isla, López Lledín era un adolescente instruido y con buenos modales, jovial, educado y amante de la poesía, por lo que pronto se le abrieron las puertas de empleos en los hoteles Telégrafo, Manhattan y Sevilla, en La Habana.

Aunque la historia no recoge con exactitud las causas, el joven gallego fue arrestado y condenado a diez años de prisión en 1920. Entre las posibles razones que se esgrimen estaban el robo de billetes de lotería, la sospecha de un asesinato, un robo en una bodega, el hurto de joyas, y hasta celos pasionales de un empleador. No se precisa el supuesto delito, aunque nadie dudó de su inocencia, salvo los jueces que le condenaron.

Varios años después, y ante la falta de pruebas, López Lledín fue puesto en libertad, pero regresó a las calles habaneras sin su mayor tesoro: había perdido la razón en las mazmorras del castillo de El Príncipe.

EL CABALLERO DE PARÍS

Por casi 50 años, las calles y portales de La Habana se convirtieron en refugio seguro de este hombre, que poco a poco fue labrando un mito que perdurará por los siglos de los siglos, convirtiéndose en un errático vagabundo que, sin proponérselo, llenó de colores y alegrías a la ciudad, en medio de su enajenación.

"Envuelto en los jirones de una capa negra, de largos cabellos que caían como crespos sobre sus hombros, de mirada llameante y perfil aguileño; llevaba en las manos periódicos y revistas, y un ramo de helechos", lo recordaba Eusebio Leal.

Respecto al origen del mote "El Caballero de París", poco se sabe acerca de esta manera de identificarlo, quizás por su manera extravagante de vestir con ropas negras, capa del mismo color y un bastón, supuestos regalos de una dama de abolengo de la época.

Otros argumentan que se debe a las historias de cortes reales, piratas, corsarios y caballeros andantes que siempre contaba a su paso. Otros aseguran que un semanario humorístico lo nombró de esa manera.

De lo que sí hay certeza es que pocos saben que su verdadero nombre era José María López Lledín, y su figura se inmortalizó, en vida y después de muerto, como El Caballero de París, imagen recreada en el cine, la televisión, e incluso en la música.

Pero, vale aclarar, no era un mendigo común. Siempre llevaba escondidas flores entre sus harapos, las que regalaba con refinada galantería a cuanta mujer bella se cruzaba en su camino, y en su falta jamás faltaron caramelos para premiar a los niños que se le acercaban.

No pedía limosnas ni molestaba a los parroquianos, quienes tenían en el gallego demente a un sempiterno narrador de fantásticas historias pasadas.

En 1977, con 78 años de edad, cansado y con la salud resquebraja por casi medio siglo de deambular y dormir a la intemperie, tuvo que ser internado en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, a pesar de que durante muchos años López Lledín se negó a recibir atención ni de familiares ni amigos.

Según datos recogidos del libro "Yo soy el Caballero de París", escrito por el doctor Luis Calzadilla, psiquiatra que lo atendió en sus últimos años de vida, López Lledín padecía de una enfermedad llamada parafrenia, considerada por algunos especialistas como una forma de esquizofrenia.

En el libro, el doctor Calzadilla cuenta que en el hospital le suministraron ropa limpia, incluso un traje negro como él solía vestir, y fue sometido a exámenes físicos, de laboratorio y psicológicos, creándosele un ambiente donde pudiera vivir sus fantasías, pero bajo vigilancia médica, dada su avanzada edad.

Después de permanecer durante ocho años internado en el hospital, el 11 de julio de 1985 falleció López Lledín, quizás el más famoso de todos los habaneros.

Sus restos mortales descansan en el convento de San Francisco de Asís, muy cerca de donde está erigida una escultura en bronce a tamaño natural, obra del artista cubano José Villa Soberón.

Hasta después de muerto el Caballero de París siguió estableciendo leyendas, y se dice que a quien, desde detrás de la estatua, logre tocarle con una mano la punta de la barba y con la otra uno de sus dedos, le sonreirá la fortuna, una acción espontánea cientos de veces repetidas por sus eternos adoradores: los habaneros.

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