Luis compró recientemente una casita y como hace todo el que adquiere una nueva vivienda, de inmediato se dio a la tarea de «coger algunos detalles» y, sobre todo, reparar varias ventanas que estaban en mal estado. Luis compró recientemente una casita y como hace todo el que adquiere una nueva vivienda, de inmediato se dio a la tarea de «coger algunos detalles» y, sobre todo, reparar varias ventanas que estaban en mal estado. Buscó un carpintero, pero cuando el hombre le dijo los precios del metro cuadrado de madera de calidad lo suficientemente buena como para resistir los embates de las lluvias y el sol de Cuba, casi sintió fatiga. Solo atinó a despedirse del carpintero con un “luego vuelvo por aquí” y salió sin rumbo fijo, rompiéndose la cabeza para hallar una alternativa menos costosa.
“Resulta que hacer las ventanas de madera me cuesta como si fueran de oro y lo peor es que uno no sabe a la larga si son realmente de buena madera o de la que se hincha cuando le cae el primer aguacero, así que no me quedó de otra que encargar ventanas nuevas de hierro y cristal, que cuestan también un ojo de la cara, pero por lo menos me durarán toda la vida”, comentó atribulado a un vecino.
La tala de madera en el país, donde existe una enorme demanda y una oferta más que deficiente, se ha convertido en un negocio redondo, sobre todo para quienes lo hacen de manera ilícita, con lo cual, de paso, ha devenido en un serio problema para el ecosistema, hasta tal punto de que la prensa local ha llamado la atención sobre este asunto.
Según un reportaje aparecido en el diario Juventud Rebelde, “La tala ilegal que engorda el mercado negro no se detiene a pesar de la existencia de leyes que sancionan a los infractores, la corrupción y la indisciplina han encontrado cobijo donde no debería ni pensarse”.
Solo en 2013, el Cuerpo de Guardabosques de Cuba impuso 19.993 multas por un valor total de más de tres millones de pesos y se decomisaron 2.274 metros cúbicos de madera.
Pero eso es solo la punta del iceberg, pues se desconoce cuántos malhechores lograron su objetivo de talar árboles de maderas preciosas, para aprovechar solo una parte del material y desperdiciar sin escrúpulos lo “innecesario”.
Se dice incluso que en os últimos años valiosísimos ejemplares de árboles del Jardín Botánico Nacional corrieron la misma suerte.
En este fenómeno ocurre lo mismo que en otras muchas cosas en el país, donde al parecer con demasiada frecuencia “los bueyes van detrás de la carreta”.
Según Lillian San Martín, especialista del Departamento de Gestión de la Protección de los Recursos Naturales de la Jefatura del Cuerpo de Guardabosques, “las licencias permitidas de artesano, leñador, carpintero y aserrador por cuenta propia, sin la existencia de un mercado que les ofrezca la posibilidad de obtener madera”, estimula una serie de ilegalidades y “no justifica el daño continuo a la naturaleza que pueden provocar”.
La madera obtenida de la tala ilícita tiene como principal destinatario a los carpinteros autorizados con licencia estatal para trabajar por cuenta propia y por supuesto, también a los que trabajan “por la izquierda”.
Estos últimos, ni chistan, pero por su parte, los que pretenden trabajar legalmente se defienden asegurando que hasta ahora no existe entidad estatal alguna que les venda o facilite adquirir la madera, sin la cual no les es posible desempeñar su oficio, y cuando tratan de resolver por la vía oficial, es tanto el papeleo burocrático que terminan buscando la materia prima «por fuera».
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