La llegada del nuevo año no se presenta como un punto de inflexión positivo, sino como una continuidad del desgaste acumulado. En lugar de augurios, el poder apela a la unidad, la preparación y la capacidad de aguante individual y colectiva, en un contexto marcado por la escasez y la incertidumbre.
El mensaje oficial para 2026 evita el optimismo y refuerza una narrativa centrada en la resistencia y la supervivencia
El tradicional llamado a desear un “feliz año nuevo” ha desaparecido casi por completo del discurso público. Más allá del habitual spot televisivo del 1 de enero —fecha del aniversario del triunfo revolucionario y ahora declarado Año del centenario del Comandante en Jefe—, no hay promesas ni felicitaciones.
La consigna implícita es resistir, atrincherarse y no ceder terreno ante un escenario descrito como abiertamente hostil, donde la épica histórica sustituye a cualquier expectativa de mejora inmediata.
La simbología revolucionaria reemplaza a los mensajes de esperanza económica o social
“Que 2026 nos encuentre peleando y más unidos que nunca”, afirmó el presidente de la República ante el Parlamento. La frase resume la línea política asumida por las autoridades: si el país vive en una economía de guerra, entonces el lenguaje, las prioridades y las expectativas se alinean con ese diagnóstico.
Bajo esa lógica, la noción de una emboscada aparece como metáfora útil: prepararse, anticipar el golpe y asumir que el enfrentamiento es inevitable.
La emboscada, entendida como preparación previa y ventaja estratégica, se convierte en imagen del día a día. Saber que 2026 llegará sin buenas intenciones obliga —al menos en el plano discursivo— a organizar recursos y fortalecer la retaguardia personal.
No todos los ciudadanos cuentan con las mismas herramientas para enfrentar el nuevo año
La diferencia es clara: no todos los cubanos parten desde el mismo punto ni disponen de iguales condiciones para afrontar ese cuerpo a cuerpo cotidiano que se anuncia.
En la práctica, la supervivencia se mide en variables muy específicas: salud, acceso a divisas y capacidad de adaptación. Las virosis persistentes, la fragilidad del sistema sanitario y la creciente dolarización de servicios esenciales marcan los límites reales de la resistencia.
Incluso la muerte comienza a tener un precio en moneda dura, desde un féretro hasta los trámites finales, lo que refuerza la percepción de que la lucha cotidiana no admite tregua.
La resistencia deja de ser un concepto político y se convierte en una experiencia individual
En vísperas navideñas, una frase escuchada en plena calle condensa mejor que cualquier consigna el estado de ánimo colectivo: “No viene la Navidad. Llegamos a ella”.
La sentencia resume a un país que no espera milagros en 2026. Más que recibirlo, se prepara para resistirlo.
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