Qué tiempos aquellos cuando el que tenía un papá con plata iba a montar los carros locos y la montaña rusa y a darse cabezazos en la casa de los cristales del Coney Island, en el barrio rico de Miramar; o al Jalisco Park cuando Carlos Varela no pensaba ni nacer para dedicarle una canción, o a los caballitos del Mónaco, que eran más baratos, o incluso, más para acá, a hacer tremendas colas para poder montar en los aparatos del parque de diversiones del Parque Lenin. Qué tiempos aquellos cuando el que tenía un papá con plata iba a montar los carros locos y la montaña rusa y a darse cabezazos en la casa de los cristales del Coney Island, en el barrio rico de Miramar; o al Jalisco Park cuando Carlos Varela no pensaba ni nacer para dedicarle una canción, o a los caballitos del Mónaco, que eran más baratos, o incluso, más para acá, a hacer tremendas colas para poder montar en los aparatos del parque de diversiones del Parque Lenin.

Todavía quedan restos de aquellos recuerdos de infancia, pero a golpes de modernidad, gracias a las reformas y a los negocios privados, han proliferado los ferraris y yamahas eléctricos y en miniatura; grandes castillos, camas elásticas y monstruos inflables donde los fiñes no se cansan de saltar como muelles, y hasta un paintball con todas las de la ley, en lo que una vez fueran las canchas del Vedado Tennis, un club donde «antes de», para poder entrar hacía falta mucho más que un carné de socio.

Quienes manejan el negocio de los juegos tienen licencia de «instructores de prácticas deportivas», aunque sean de todo menos eso, y por la creciente presencia de todos esos tarecos en cualquier parque o solar de La Habana, parece que dan buenas ganancias.

Los niños están encantados, y ya, cuando se acerca el fin de semana, comienzan con la letanía: «Papi, llévame a los inflables del Mónaco», y papi que no le hace caso. Y el niño con lo mismo, y papi que «vamos a ver mi’jito». Y el niño otra vez, y papi «si te portas bien». Y el niño… hasta que papi tira la toalla para que el niño se calle la boca de una vez y lo deje tranquilo.

Y el fin de semana todos al parque. ¿Que cuánto vale un paseíto en el ferrari? Pues 5.00 pesos, y no recorre más de 30 metros en ida y vuelta. ¿Y el inflable? 5.00 pesos por cinco minutos saltando de aquí para allá. ¿Y que son cinco minutos para un niño de cinco años?

En el paintball la cosa es peor, pues el alquiler de las escopetas es 20.00 pesos, y las balitas de pintura, como son traídas «de afuera», son a 40 por 5.00 CUC, y cuando el niño las tiró todas se acabó el juego, aunque no haya «matado» ni una sola vez a sus potenciales enemigos.

Y al final de la jornada el «instructor de prácticas deportivas», sonriente, le dice que los espera la próxima semana; el niño, en medio de una pataleta infernal, grita que quiere «un ratico más», y usted, mientras lo arrastra por todo el parque, piensa que «el jueguito» no le dejó ni para la guagua.

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