Prohibidas por las autoridades como casi todos los juegos donde corre el dinero, y repudiadas por la mayoría por su brutalidad, las peleas de perros son sin dudas uno de los capítulos más oscuros de la Cuba profunda. Prohibidas por las autoridades como casi todos los juegos donde corre el dinero, y repudiadas por la mayoría por su brutalidad, las peleas de perros son sin dudas uno de los capítulos más oscuros de la Cuba profunda.
Se dice que constituyen toda una maquinaría bien aceitada en la cual se pactan las peleas con tiempo de antelación, siempre en lugares recónditos a donde no llega la policía, en los suburbios de La Habana y otras ciudades y hasta en pleno monte, y con apuestas que llegan a mover miles de pesos, sobre todo cuando los contendientes son animales con fama de haber combatido victoriosamente.
Los dueños de los animales, casi siempre de la raza stanford, dotada por la naturaleza de fuertes mandíbulas ideales para combatir, les dedican largas jornadas de entrenamiento, para ponerlos en forma.
Como esto último no está prohibido, no es extraño ver con demasiada frecuencia a algún sujeto, en bicicleta, llevar al trote a su stanford durante kilómetros, a veces incluso con un pesado lastre amarrado a las patas. Todos saben que no se trata de un simple entrenamiento, pero solo les queda mirar hacia otro lado o pronunciar un indignado “¡qué bestia!” para referirse, no precisamente, al animal.
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Un ‘deporte’ sangriento que mueve miles de pesos
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