Cuando Raúl Castro, el 28 de diciembre de 2007, frente a la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, llamó a todos los cubanos «¡A trabajar duro!», aun persistía la sensación entre la población y los observadores internacionales de que iban a producirse cambios de importancia en la política castrista. Cuando Raúl Castro, el 28 de diciembre de 2007, frente a la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba, llamó a todos los cubanos «¡A trabajar duro!», aun persistía la sensación entre la población y los observadores internacionales de que iban a producirse cambios de importancia en la política castrista. Estaba aun próximo el inicio de los debates públicos inspirados por el mismo, un proceso de consultas que recabó más de cinco millones de peticiones de la ciudadanía. Estas iban a servir para encauzar las modificaciones del sistema con el fin de solucionar los problemas que entorpecían el desarrollo de la sociedad cubana.
Entonces, como ahora, muchos pensaron que los cambios en el régimen castrista iban a ir sucediéndose paulatinamente. Una vez finalizado el IV Congreso del Partido Comunista, el pasado 17 de abril, la frustración ha hecho mella, una vez más, tanto en la población como en los observadores. Ni los debates previos realizados por todo el país durante meses, ni la querencia de los asistentes al conclave han servido para modificar lo ya establecido desde el Gobierno. No solo los Lineamientos Generales se han aprobado como fueron ideados, sino que Castro, como si de un macabro buclea se tratara, terminó su discurso de cierre de la convención con su manido «¡a trabajar ahora!».
Solo un pequeño grupo de cubanos ha quedado satisfecho con el resultado del VI Congreso del PCC, sus promotores. El resto, incluyendo los muchos miembros del Partido venidos de provincias con la ilusión puesta en los cambios que se vislumbraban, saben ahora que el conclave no ha sido más de que un buen ejemplo de cortina de humo. Una vez finalizado, no son pocos los que aun se preguntan, perplejos, para que otra cosa, además de para refrendar el esperado nombramiento de Raúl como Secretario del PCC, ha servido este Congreso. No ha servido, como se anunciaba a bombo y platillo en los medios internacionales, para que Cuba inicie un nuevo estadio de su historia hacia el sistema que los cubanos vienen reclamando. Esos delegados provinciales tendrán problemas para explicar ahora en sus delegaciones que ha pasado.
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