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Crónicas habaneras

Los comentarios de casi todos los que pasaban por esa populosa esquina eran en tono de lástima, que “aquello” nunca volvería a ser lo que fue, que terminaría convertido en escombro como tantas otras cosas y que incluso más de uno había caído preso porque se había embolsado con una buena parte de los millones destinados a su reconstrucción. RENACE UNA LEYENDA

Los comentarios de casi todos los que pasaban por esa populosa esquina eran en tono de lástima, que “aquello” nunca volvería a ser lo que fue, que terminaría convertido en escombro como tantas otras cosas y que incluso más de uno había caído preso porque se había embolsado con una buena parte de los millones destinados a su reconstrucción.

Pero por fin, tras no se sabe cuántos años cerrado y tampoco cuántos otros años de lenta rehabilitación, el Capri, uno de los hoteles emblemáticos de La Habana reabrió sus enormes puertas de cristal en la noche del sábado 28 de diciembre con una ceremonia digna de su categoría y de su historia.

El edificio, ubicado en la céntrica esquina de las calles N y 21, en el barrio capitalino de el Vedado, a solo un cuadra del también emblemático Hotel Nacional se ejecutó a un costo superior a los 33 millones de dólares.

Para revivirlo fue necesario reponer el equipamiento de climatización centralizada, los sistemas contra incendios, de corrientes débiles, de agua caliente, extracción y ventilación de la cámara fría, la electricidad, los muebles de las habitaciones y de las áreas de esparcimiento, el decorado y los diseños, es decir, casi todo.

Esta famosa instalación hotelera de 19 pisos y 250 habitaciones, más su famoso casino adjunto, luego convertido en el reconocido Salón Rojo, fue obra del reconocido arquitecto cubano José Cánaves en 1956. Y desde ese momento comenzó a hacer historia en la capital cubana.

Su gran apertura en 1967 se realizó durante las vacaciones de Acción de Gracias (festividad netamente estadounidense) con la presencia en el casino del actor -y mafioso en la vida real- George Raft.

Ese fue el ambiente predominante del hotel, cuya edificación fue financiada por el Sindicato de la Mafia de EEUU, incluyendo los grupos de Nueva York de Santos Trafficante Jr., Nicholas Di Costanzo , Charles Turín (alias Charley ‘La Cuchilla‘) y Santino Masselli del Bronx (alias ‘Sonny el Carnicero‘) .

Santos Trafficante Jr. obtuvo la licencia del casino del Capri y George Raft se convirtió en la cara pública de la sala de juegos y el club nocturno. El contrato administrativo del hotel fue concedido al hotelero de Miami Julius Shepherd ‘El Saltador‘.

No por gusto es uno de los lugares de La Habana expresamente señalados en la segunda parte de la saga de El Padrino.

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