Un hombre reflexiona sobre la vida en La Habana mientras el sol se pone.
Entre la memoria íntima y la observación cotidiana, la reflexión parte de una idea sencilla: cuando la realidad aprieta, el pensamiento busca refugio en lo aprendido, en lo vivido y en lo recordado.
La memoria personal y los refranes heredados emergen como refugio cuando la realidad cotidiana se vuelve asfixiante
Imagino que, a usted, querida o querido lector, debe haberle ocurrido alguna vez en la vida que, ante determinada situación, haya tenido que recurrir a una frase célebre o, cuando menos, a alguna acuñada por los ancestros familiares. En esos momentos, la sabiduría popular funciona como una tabla de salvación frente a lo que no se puede controlar.
En mi caso, por el origen paterno —un campesino que llegó a doctorarse en Farmacia en la Universidad de La Habana— y teniendo en cuenta mi proximidad a las ocho décadas de vida, no tengo otra que aquella expresión cruda y directa nacida del campo: “viejo y mierda es la misma cosa”, fruto de las experiencias más profundas del trabajo rural y de la vida sin adornos.
La herencia familiar mezcla campo, religión y cultura popular como formas de interpretar la vida
Mi madre, criada en el pueblo y bajo la estricta observancia de monjas y tías en extremo católicas, aportó otro caudal distinto: un amplio arsenal de refranes españoles enseñados y aplicados por su padre asturiano. Entre el campo y la religión, entre la tierra y la moral, se fue moldeando una manera de entender el mundo.
De ambas fuentes he bebido, y de alguna más. Hoy, a la mesa —en pleno apagón—, se sienta conmigo aquel último emperador romano, Marco Aurelio (121-180), con una de sus frases más conocidas: “La felicidad de la vida depende de la calidad de tus pensamientos”.
La filosofía clásica se enfrenta a una realidad donde sobrevivir ya es, en sí mismo, un logro
Y es precisamente en los pensamientos donde aparece la clave para comprender por qué resulta tan difícil encontrar hoy a un cubano verdaderamente feliz. Apenas hay espacio para ideas agradables, salvo en el caso extremo de confirmar que seguimos con vida.
Son demasiados los problemas y contratiempos que rondan nuestras cabezas. Pensamientos de pésima calidad, diría Marco Aurelio. Cuba vive momentos de angustia y tensión que, al llegar a la mente, no se transforman en indicadores de felicidad, sino en resistencia diaria.
De modo y manera que poco hay lugar para risas. Predomina la seriedad. Si queda algún espacio para sentimientos felices, quizá sea únicamente para que los propios cubanos logremos resolver nuestras diferencias y reencontrar, algún día, el camino hacia los buenos pensamientos.
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