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Crónicas habaneras

Pedro, que está reparando su casita en la avenida de Santa Catalina, acaba de poner un enorme cartel en la entrada, escrito burdamente con tiza, pero con letras bien grandes para que se lea desde lejos: ‘No compro nada‘, dice sencillamente. NO COMPRO NADA

Pedro, que está reparando su casita en la avenida de Santa Catalina, acaba de poner un enorme cartel en la entrada, escrito burdamente con tiza, pero con letras bien grandes para que se lea desde lejos: ‘No compro nada‘, dice sencillamente.

“Mi esposa y yo ya estábamos cansados de responder a la puerta, pues siempre era algún vendedor. Parece que como nos vieron reparando a fondo la casa, venían ofreciéndonos lozas para el piso, ladrillos, cemento, tanques de agua, lavamanos, inodoros, pintura de exteriores o para interiores, brochas, tuberías, cables eléctricos, bombillos, muebles y de cuanto hay. Y lo mejor del caso es que no era una sola persona, o dos, sino un montón de tipos distintos, a cualquier hora”.

Muchos afirman, y quizá el caso de Pedro lo corrobora, que con las medidas restrictivas que impuso el Gobierno en meses recientes a los vendedores por cuenta propia, el negocio de la compra de artículos en las tiendas del Estado y su reventa, o de las ‘mulas‘ que traen todo tipo de mercancías de Ecuador, Panamá, Estados Unidos y hasta de Rusia, no fue eliminado, sino que más bien pasó a la trastienda, o la clandestinidad, con el agravante de que ya esos revendedores no pagan impuesto ni están concentrados en puntos de la ciudad, sino que andan “sueltos y sin vacunar” según la jerga barriotera.

La esposa de Pedro dice que “todo tiene sus pro y sus contra, pues sin moverme de la casa puedo comprar todo lo que necesito. Me han traído desde comino hasta langostas y camarones, desengrasantes y ambientadores o ropa y zapatos de última moda, pero es tanta la oferta que ya uno se cansa de ir veinte veces a abrir la puerta para no comprar nada”.

Y eso, -agrega Pedro- “sin contar los vendedores con licencia, que además hacen tremenda bulla, como un vendedor de pan, que todos los días a las siete de la mañana pasa con su carrito y despierta a medio barrio anunciando a gritos ¡pan redondo suaveeeeeeeeee!”.

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