EDITORIAL

En desacuerdo, profesor

El  doctor en Ciencias Jurídicas, Arnel Medina Cuenca, profesor titular de la Universidad de La Habana y vicepresidente de la Sociedad Cubana de Ciencias Penales, nos ha explicado detalladamente en el diario Granma las razones por las cuales el caso Gil, ex viceprimer ministro y titular de Economía y Planificación, acusado del delito de espionaje más ocho más que serán tratados en otra sala, ha debido ser a puertas cerradas e imposible de televisar como fue un reclamo bastante extendido en la población.

Polemizar o discutir con un experto en leyes cuando quien lo intenta tiene sus dudas hasta con el Código de Tránsito resulta una osadía por no decir que un atrevimiento de marca mayor.

Por tanto, y de saque, mis respetos y consideración hacia su persona a pesar de no estar totalmente de acuerdo a lo que suscribió acompañado de los respectivos artículos del Código Penal que se refieren al caso de espionaje.

Pero hay un tema que mucho me gustaría se hubiera tratado y que es competencia sólo de autoridades políticas y no jurídicas.

La Causa Uno de 1989

Leyendo y pensando en los argumentos de Medina Cuenca no podía separar de mi mente aquel proceso judicial-militar de la Causa Uno de 1989 seguida contra el general Ochoa y otros encartados que finalizó con la muerte por fusilamiento de él y otros tres oficiales más.

Tuve el privilegio de asistir a todas las sesiones del juicio celebrado en la Sala Universal del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias previa advertencia a todos los convocados de la imposibilidad de tomar fotos y hasta de hacer apuntes. Por estar ubicado muy cerca de Ochoa me limitaba a observar sus reacciones para luego anotarlas en mis impresiones personales.

Noche tras noche toda Cuba se enfrentaba al televisor para presenciar el proceso que puedo asegurar dispuso de pequeñas ediciones en temas muy vinculados a la seguridad del Estado, pero que no modificaron su esencia y objetivo.

La Causa Uno de 1989 conllevó un proceso de consultas pocas veces visto en la historia político- judicial de Cuba.

Y mucho agradecería escuchar opiniones sensatas, no apasionadas si acaso ese juicio no revestía mucha mayor importancia que este de Gil porque también se trataba de un peligro inminente para la supervivencia de la propia Revolución.

Basta con repasar ese excelente compendio titulado Vindicación de Cuba en sus 447 páginas publicado ese mismo año por la Editora Política para comprender su magnitud y trascendencia.

¿Estaré muy equivocado, fuera de contexto o trasnochado después de uno de estos apagones diarios si pienso que Fidel Castro hubiera autorizado y supervisado mayor transparencia y presencia de la televisión en el juicio? ¿Qué diferencia en cuanto a la seguridad del Estado hay entre Ochoa y Gil?

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En desacuerdo, profesor

Aurelio Pedroso

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