Recorte de periódico sobre la guerra en Angola de 1988
Se cumplen estos días los 50 años de la independencia de Angola, un aniversario que ha devuelto a la memoria colectiva episodios que parecían dormir bajo la arena rojiza del tiempo. Aquel país, que en un inicio se llamó República Popular de Angola, perdió el “Popular” tras una jugada política de los diputados de la Unita, adversarios incansables. Pero para quienes estuvimos allí, el recuerdo permanece intacto, como si la historia oficial pudiera remendar un nombre pero no los días vividos.
La conmemoración de los 50 años reabre memorias, heridas y silencios que nunca desaparecieron del todo
La prensa cubana ha ofrecido cierta cobertura, especialmente a raíz del documental La epopeya de Angola, del colega Milton Díaz Cánter, quien reunió más de 350 entrevistas para reconstruir operaciones, alianzas y combates donde cubanos y angolanos enfrentaron a fuerzas de la Unita, el FLNA, mercenarios extranjeros y contingentes sudafricanos y zairenses. Un material que, más que refrescar datos, devuelve voces y mira de frente a una historia que marcó a más de 150.000 cubanos.
Según el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y como publicó el diario Granma el 6 de diciembre de 1989, en Angola murieron 2.016 cubanos. De ellos, 787 en acciones combativas, 524 por enfermedad y 705 por accidentes. Son cifras oficiales que no alcanzan a contar lo que significaban cada uno de esos nombres, ni el silencio posterior.
Más de dos millares de cubanos murieron en Angola; las estadísticas oficiales no logran abarcar su impacto emocional
Cada sobreviviente guarda su propia versión de la guerra. La mía quedó atrapada en un diario personal que escribí incumpliendo reglamentos militares. Allí registré frases abruptas, miedos no confesados y los gritos de mis compañeros cuando atravesábamos un campo minado y los camiones volaban por los aires, o cuando un obús aterrizaba tan cerca que las narices ardían de pólvora.
Éramos un grupo particular: una mezcla de reservistas y reclutas del Servicio Militar Activo. Tras contribuir a proteger Luanda en medio de un intento de golpe contra el presidente Agostinho Neto, y tras cumplir rituales como acicalar cada sábado la tumba del comandante Raúl Díaz-Argüelles, recibimos una orden inesperada: una segunda misión.
Por petición directa de Fidel Castro, seríamos enviados a participar en la guerra de Etiopía contra Somalia. Dos años sin ver a la familia se dicen rápido, pero se viven despacio, muy despacio.
Tras Angola llegó Etiopía, una misión inesperada que duplicó sacrificios y distancias familiares
Partimos de noche y en silencio sepulcral rumbo al desierto del Ogadén. Allí quedó otro saldo doloroso: 160 cubanos muertos; 39 en combate, 46 por enfermedades y 75 por accidentes. También construimos un cementerio digno en una colina a la entrada de Harar, donde descansan cubanos, un yemenita formado en la Isla y un asesor soviético de artillería.
Hay un detalle curioso: pareciera que en cada país donde llegan los cubanos, tarde o temprano cambia el nombre oficial. Etiopía Socialista pasó a ser República Democrática Popular de Etiopía, y más tarde República Federal, tras la huida de Mengistu Haile Mariam en 1991 rumbo a Francia, cargando algo más que maletas.
Aunque los países cambiaron de nombre, las cicatrices de quienes combatieron allí no han variado
No obstante el paso del tiempo, las dos guerras dejaron profundas cicatrices emocionales. Las más persistentes son las más pequeñas, las que nadie ve. En mi caso, algo tan simple como una taza de café activa un reflejo automático: calcular cuántos más pueden beber de la misma ración y asumir que al último no le tocará casi nada. Porque ser el último casi nunca fue ventajoso.
Los pocos que quedamos vivos seguimos en pie, sí, pero cargando historias que no siempre queremos compartir. Quizás por eso evitamos algunas compañías y preferimos no compartir trinchera —ni literal ni simbólica— con quienes nunca entendieron lo que significaba estar allí.
Seguimos aquí, veteranos sin armas, recordando que hubo un tiempo en que la vida dependía de un ruido metálico, de un ímpetu o de un error. Y aunque el mundo haya cambiado, todavía pesan los silencios de aquellos que no regresaron.
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