Aunque la mayoría de los cubanos no son muy dados a las cosas de las artes plásticas, sobre todo en las extravagancias del modernismo, las novedades de la XI Bienal de La Habana se han convertido por estos días en fuente de entretenimiento colectivo, porque, además de que están dispersas por casi toda la ciudad y muchas a la vista de todos, hay cosas que obligatoriamente tienen que llamar la atención, y aunque la prensa ha hablado hasta por los codos del tema, a algunas no le ha hecho mucho swing, y esas son las que más gancho tienen para los curiosos de Radio Bemba, que también se ha convertido en promotora involuntaria del arte. Aunque la mayoría de los cubanos no son muy dados a las cosas de las artes plásticas, sobre todo en las extravagancias del modernismo, las novedades de la XI Bienal de La Habana se han convertido por estos días en fuente de entretenimiento colectivo, porque, además de que están dispersas por casi toda la ciudad y muchas a la vista de todos, hay cosas que obligatoriamente tienen que llamar la atención, y aunque la prensa ha hablado hasta por los codos del tema, a algunas no le ha hecho mucho swing, y esas son las que más gancho tienen para los curiosos de Radio Bemba, que también se ha convertido en promotora involuntaria del arte.
Uno es el «Proyecto Paladar», con poco que ver con la pintura o la escultura, pero mediante el cual cocineros profesionales de Estados Unidos y Cuba, convencidos de que el amor entra por la cocina, dicen que pueden contribuir al acercamiento entre los dos países combinando de forma original la gastronomía yanqui y la cubana.
Y si de paso las cenas se ofrecen gratis a los visitantes del Centro de Arte Wilfredo Lam, pues la mesa está servida.
Quizá ahí radique el secretismo de la prensa cubana sobre el asunto, pues de lo contrario habría muertos y heridos y una cola infinita para degustar los platos «solidarios», porque el salón solo da para 12 comensales de una vez.
Otro ambiente al que miles de personas acuden a apreciar de alguna manera el arte es el malecón, donde por cuadras y cuadras se muestra el proyecto «Detrás del muro», nombre cuyas varias lecturas no han sido pasadas por alto en Radio bemba, pues algunos dicen que no es otra cosa que un intento por aprovechar ese enorme espacio en algo más que coger fresco por las noches, mientras que los mal pensados consideran que con ello se busca tocar de alguna forma el calientico tema de la inmigración, ya que no son pocos los que sentados en el kilométrico muro sueñan con dar un salto lo suficientemente grande como para caer en Miami.
Así, por ejemplo, en la pieza «Fly Away» del cubano Arles del Río, una cerca metálica es atravesada por la silueta de un avión. Más claro ni el agua. En otra obra, extendida por metros sobre el muro, una artista cubana teje constantemente una larga red. Muchos se detienen a contemplarla en su paciente labor y de inmediato salta el recuerdo de Penélope y la pregunta ¿Esperando qué? ¿O a quién?
Si de sorpresas se trata, se quedaron boquiabiertos los que se encontraron una buena mañana en medio de un céntrico parque con el mismísimo Caballo de Troya, de por lo menos diez metros de altura, que de inmediato despierta la curiosidad por saber qué hay dentro, aunque lo que contiene no es otra cosa que una pequeña galería, que exhibe obras de jóvenes artistas.
Y qué decir de un descomunal zapato de tacón alto que se encuentra a la puerta de una biblioteca en la confluencia de las avenidas 100 y 51, en Marianao. De bonito no tiene un pelo, pero que llama la atención es seguro. No falla. Todo el que pasa se para intrigado delante del zapatón, da una vuelta a su alrededor, a veces dos; unos se rascan la cabeza, otros se encogen de hombros y algunos exclaman hasta un ¿Y esto qué coño es? antes de seguir su camino.
Pero la que le puso la tapa al pomo, según el rating de Radio bemba, es la artista cubana Grethel Ransúa, quien presenta una variada gama de anillitos hechos con sus cabellos trenzados, monederos confeccionados a base de mucha paciencia con uñas y los pellejitos que uno suelta cuando se tuesta demasiado en la playa, así como copas y otros objetos modelados con su propia mierda y «barnizados» o decorados con el semen de su esposo o el fluido menstrual de la autora.
La Galería de Desperdicios Humanos -así se llama la muestra enclavada en el Pabellón Cuba- siempre está repleta de nativos y extranjeros que parecen embelesados ante las piezas. Dicen que el efecto visual es sorprendente. Se desconoce si tienen contraindicaciones para los olfatos sensibles.
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