¿Será el regreso de una tradición o solo un episodio en el ambiente cultural cubano? ¿Será el regreso de una tradición o solo un episodio en el ambiente cultural cubano?
El caso es que tras más de 200 años de ausencia, justo a la entrada de la bahía habanera, una hora después del secular cañonazo de las nueve de la noche, una tarasca fue quemada y con ella todas las cosas malas que la gente quiso sacar de sus vidas.
Un dragón de varios metros de largo hizo su entrada en la parte más antigua de la ciudad, para permanecer en vigilia todo el día en la Plaza de San Francisco de Asís.
Esta vez, el mítico monstruo no formó parte de los antiguos carnavales litúrgicos del Corpus Cristi que se realizaban en La Habana de los siglos XVI y XVII, sino de los festejos y el rescate de una tradición, en el contexto de la cuarta edición del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, que se celebra por estos días.
Un macro espectáculo, que incluyó la presencia de más de 40 artistas, un pasacalle, toques de gaita y tambores, caracterizaron esta liturgia cristiana descontextualizada por una comunidad de actores callejeros, interesados en dialogar con la gente de forma performance e interactiva.
Traída a Cuba por los españoles, la leyenda de la quema de la tarasca ganó espacio y popularidad entre los habaneros, al extremo que con el tiempo resultó más importante el jolgorio, que la parte misma de la fe religiosa, motivo por el cual el rey Carlos III decidió prohibirla en la isla.
Sin embargo, la tarasca, los gigantes, los diablitos y los cabezudos, entre otras figuras, se convirtieron en un sello distintivo de la tradición, que hoy intenta rescatar Gigantería, una compañía de teatro callejero que desde hace 12 años trabaja en los espacios públicos del centro histórico de La Habana Vieja.
Los zancudos, como se le conoce popularmente a esta compañía, también tienen en su haber el rescate de este elemento espectacular traído por los esclavos africanos, y que formó parte de una tradición que se practicaba el día de Reyes.
Quienes gustan del cine cubano parecen algo desconcertados con las más recientes obras de algunos realizadores de la isla, que parecen comenzar a dejar atrás una forma de hacer cine y temas que hace unos años llamaban mucho la atención, en especial los referidos a las manifestaciones más epidérmicas de la crisis económica que vive la isla y al tono de sainete con que muchos filmes enfocaban tales argumentos.
Un ejemplo de ello es el filme ‘Penumbras’, que acaba de estrenarse en los cines habaneros y ofrece una mirada calificada por la crítica como minimalista, a la realidad cubana de la última década del pasado siglo. Ópera prima de Charly Medina, producida por la empresa RTV Comercial y la Televisión Cubana, relata, como expresa su título, un argumento de tintes sombríos, una historia dura.
A juicio de su director, el largometraje de 76 minutos privilegia el poder comunicativo de la palabra y mantiene las esencias del texto original, la inquietante obra teatral ‘Penumbras en el noveno cuarto’, del dramaturgo cubano Amado del Pino.
Protagonizada por Omar Franco, Tomás Cao, Ysmercy Salomón y Omar Alí, prácticamente los únicos personajes, Penumbras narra el cruce existencial de cuatro seres trágicos: dos anónimos posaderos, una bailarina al borde del retiro y un estelar beisbolista en el ocaso de su carrera, todos perdedores que en el duro momento en que entrecruzan sus vidas, logran sacar a flote su condición humana para superar las peores circunstancias.
Otra que ha dejado perdidos a muchos espectadores es ‘Los desastres de la guerra’, una historia que se desarrolla en una postguerra nuclear en un país imposible de identificar, donde siete sobrevivientes, sin saber por qué, emprenden el camino hacia el mar, en busca de un nuevo ciclo evolutivo y para lograrlo deben enfrentar la devastación de un mundo que se ha venido abajo y los más bajos instintos que esconde el hombre cuando para sobrevivir deja a un lado todo lo que lo distancia de las fieras.
El tema no deja de ser interesante aunque ya ha sido abordado de diferente manera por otras cinematografías con producciones millonarias y todos los recursos técnicos necesarios para convertirse en espectáculo, lo totalmente opuesto a esta cinta del siempre controvertido Tomás Piard, quien sin rechazar al espectáculo que siempre aporta la violencia, apuesta por una filosofía en la que los factores místico y religioso parecen tener una respuesta a las angustias de los personajes.
Si como afirma el propio Piard el filme resulta un homenaje a la memoria del japonés Akira Kurosawa y su emblemático ‘Los siete samuráis’, pues están dados todos los ingredientes para que el espectador se enfrente a un filme denso en el que para colmo el color prevaleciente es el naranja, no existe el verde por la ausencia total de vegetación, y toda la historia, filmada en una cantera, conduce a una atmósfera sofocante que está muy lejos de lo que el espectador medio desea para «relajar» en la oscuridad de una sala de cine. Y en esa tónica «rara» parece moverse también el realizador Alejandro Gil, quien se encuentra actualmente en el proceso de rodaje de ‘La Emboscada’, producido por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, y que contrario a lo sugerido por el título, no es precisamente una película bélica, sino una introspección, con una historia acerca de las relaciones humanas donde la guerra es sólo el trasfondo.
Contada en tres tiempos: los años 80 del siglo pasado, principios de los 90 y la actualidad, la historia se centra en un grupo de soldados de una unidad cubana durante la guerra en Angola, su lucha por sobrevivir, los conflictos personales que emergen a partir de esa situación y hasta dónde puede desembocar el comportamiento humano en circunstancias extremas.
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¿Será el regreso de una tradición?…De cine
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