«Bien, gracias» fue la respuesta que Tony, con cara de aburrimiento o de pocos amigos, vaya usted a saber, le puso a su vecino Roberto, cuando este le pregunto si por fin iba a comprarse un carro. «Bien, gracias» fue la respuesta que Tony, con cara de aburrimiento o de pocos amigos, vaya usted a saber, le puso a su vecino Roberto, cuando este le pregunto si por fin iba a comprarse un carro.
Porque desde que Tony volvió al barrio, después de dos años trabajando en el extranjero, lo primero que dijo fue que iba «a comprarse un carrito»; pero han pasado las semanas y los meses y nadie ha visto «el perol».
Y no es que el hombre hubiera cambiado de idea. En la primera oportunidad solicitó la carta en su centro de trabajo, en la cual se acredita, junto con la institución bancaria correspondiente, que el dinero para adquirir el coche procede de los ahorros de su salario en divisas, y el documento fue «elevado» al Ministerio del Transporte, donde nadie conoce ni remotamente a Tony, pero que tiene la facultad de aprobar si a él le corresponde, se merece, o necesita tener un coche propio y él deber de responderle en 60 días hábiles como máximo.
Pero ahí quedó la cosa. La carta de Tony, como muchas otras, está durmiendo el sueño de los justos en algún buró, porque el asunto de la compra de carros al Estado de buenas a primera quedó paralizado y nadie sabe por qué, ni tampoco el Ministerio del Transporte o cualquier otra entidad ha dado una respuesta sobre el tema.
Tony está desolado y piensa que cuando pueda comprar su carro ya se habrán agotado las reservas de combustible en el planeta, pues «yo ni siquiera tengo la carta aprobada, con la cual me tendría que poner en la cola y dicen que en la agencia hay 6.000 solicitudes y los carros los sacan por buchitos».
Y sigue desahogándose, ahora que su vecino le removió la espinita: «A ese paso. En el siglo veintidós me compraré el carro, porque la cola es enorme, sin contar a los socios de los socios que se cuelan o que le sueltan a los encargados de la agencia una tremenda lasca para que le pasen por arriba al resto. Tu sabes cómo es eso».
«Hace poco sacaron de los parqueos una cantidad enorme de carros Hyundai para cogerlos para taxis en las nuevas cooperativas del transporte, pero así y todo quedan muchísimos, de otras marcas, y están allí, a sol y sereno, sin que nadie sepa por qué».
Julio es otro que está en las mismas, pero sus elucubraciones son más negras que las de Tony: «Dicen que el problema es que cuando aprobaron la ley el año pasado para la compra y venta de carros abrieron demasiado el banderín y después se dieron cuenta que era demasiada gente para comprar carros, así que ahora van a cambiar la ley de nuevo y para eso sí hay que sentarse a esperar».
La legislación, que fue aplaudida por todos, verdaderamente presentaba claras limitaciones ya que siguió manteniendo las restricciones para las categorías de personas que podían comprar los carros al Estado y, sin que nadie sepa la causa, un músico, un periodista, un diplomático o un técnico cualquiera puede comprar un coche, pero no, por ejemplo, los campesinos o los médicos, que conforman dos sectores laborales «estratégicos» para el país. Y como ese detalle, unos cuantos más de difícil explicación.
Pero la preocupación por la paralización de la venta es general, tanto entre los que esperan por su carta, porque su aspiración se alargará indefinidamente en el tiempo, como entre los que ya la tienen, pues para colmo, el papelito tiene fecha de caducidad, expira a los dos años y se preguntan si tendrán que volver a empezar con el engorroso trámite.
Y por si fuera poco, todos tienen que tener «clavado» en el banco el dinero para la compra del carro, ya que «ese» es el que está certificado por la carta y no se puede extraer una cantidad de la cuenta, por cualquier necesidad, y luego reintegrarlo.
«Todo eso es surrealismo puro» asegura Maite, una estudiante universitaria de Letras para quien comprar un coche, lógicamente, no está entre sus prioridades inmediatas.
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