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Algo más que ‘Paladares’

Al calor de los cambios que van ocurriendo en Cuba, siguen apareciendo por todas partes restaurantes, cafeterías, bares, que van dejando atrás la pedestre definición de ‘paladar’ que le confirió la población a los diminutos establecimientos que comenzaron a surgir a principios de los 90 gracias a un tímida apertura que no pasó de ahí, y que limitaban su servicio a dos o tres mesas y una carta basada casi exclusivamente en lo más rudimentario de la cocina italiana o lo más elemental de las tradiciones cubanas. Al calor de los cambios que van ocurriendo en Cuba, siguen apareciendo por todas partes restaurantes, cafeterías, bares, que van dejando atrás la pedestre definición de ‘paladar’ que le confirió la población a los diminutos establecimientos que comenzaron a surgir a principios de los 90 gracias a un tímida apertura que no pasó de ahí, y que limitaban su servicio a dos o tres mesas y una carta basada casi exclusivamente en lo más rudimentario de la cocina italiana o lo más elemental de las tradiciones cubanas.

Ahora, al calor de la competencia creciente los nuevos emprendimientos parecen cada vez más sofisticados o novedosos en la carrera por ganar espacio y preferencias, y muestra de ello lo ofrece en Internet la web Alamesa, que ya incluso cuenta con ofertas no solo de la capital, sino de numerosas ciudades del interior del país.

Así, en los altos de un edificio de apartamentos del céntrico barrio del Vedado abre sus puertas Habana Mía 7, que sus propietarios definen como un espacio pequeño, pero de alto estándar, para grandes ocasiones, y no es solo propaganda, porque su chef combina la cocina de autor con platos bien conocidos de la gastronomía internacional, con un refinamiento impensable en los establecimientos privados hace solo un par de años atrás.

Y para botón de muestra algunas de las sugerencias, como el filete Chateaubriand sobre reducción de Oporto y mantequilla Roquefort, o el coctel Marejada, especialidad de la casa, con una exótica mezcla de vodka, jugo de melocotón, curaçao azul, triple c, limón y hielo, decorado con una almeja.

“Siá Kará” es la frase con la cual los creyentes en las religiones africanas buscan despojarse de los malos espíritus, y ese es precisamente el singular nombre de un café ubicado justo detrás del Capitolio, con una decoración sorprendente, moderna y con detalles especiales para ocasiones que no requieren formalidades pero sí estilo.

Algunos no necesitan mucha propaganda, porque se encuentran en lugares estratégicos, como el café Presidente, la esquina de 25 y G, una de las más transitadas de la ciudad, que a pesar de sus precios que pasan de la media, casi siempre está lleno, y a través de los amplios cristales que lo separan de la ciudad es posible apreciar su elegante ambiente, acompañado con las siempre sugerentes notas de un piano a ritmo de jazz. Ubicado en la planta baja del Palacio del Conde de Lombillo, en la Plaza Vieja, otro café, el Bohemia, hace honor a la revista del mismo nombre, la más antigua de América y al universo de intelectuales que han escrito en sus páginas. Al penetrar en el patio, diseñado para aliviar el calor del trópico, se respira el ambiente de un café literario propicio para el encuentro de músicos, trovadores y escritores y donde se ofrece una carta exquisita y singular en la que cada preparación lleva el nombre de una obra literaria, casi siempre con platos ligeros pero de alta calidad.

Algunos, desde el nombre mismo, anuncian que van por un camino diferente e incluso rompedor, como el llamado Esto no es un Café, local multifuncional cuyos propietarios pretenden rendir homenaje a las artes visuales, a través del arte culinario expresado en platos temáticos, y ofrecen una cocina de autor que fusiona recetas de la culinaria internacional con el sabor de la tradición cubana. Aunque hay varios sitios en La Habana donde el daiquirí es de primera, aquí tiene su toque singular.

A nivel de calle muchos advierten con espíritu victimista que “casi nadie tiene dinero para ir a esos lugares”, pero la afluencia de público, en muchos casos no precisamente turistas extranjeros, dice todo lo contrario y, como advierte Mirna, dueña de un “ranchón criollo» en las afueras de La Habana, “en ninguna parte del mundo la gente va todos los días a restaurantes de lujo, pero muchos ahorran para gastársela en grande en alguna fecha señalada”.

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