Bajo el influjo de las reformas impulsadas por el gobierno, los ‘merolicos´ han florecido como hongos en primavera en todas partes de La Habana y otras ciudades, ahora con el pomposo nombre oficial de vendedor de productos industriales, y aunque les han llovido críticas de todos los colores hasta en las páginas del diario Granma, de lectores que los acusan de ser revendedores en vez de vendedores, ellos siguen «al pie del cañón» ofreciendo en sus tarimas de todo lo que es posible mostrar sobre un tablón de poco más de un metro cuadrado, en la mayoría de los casos, aunque algunos han puesto timbirichitos mucho más especiales y sofisticados. Todo para vender
Bajo el influjo de las reformas impulsadas por el gobierno, los ‘merolicos´ han florecido como hongos en primavera en todas partes de La Habana y otras ciudades, ahora con el pomposo nombre oficial de vendedor de productos industriales, y aunque les han llovido críticas de todos los colores hasta en las páginas del diario Granma, de lectores que los acusan de ser revendedores en vez de vendedores, ellos siguen «al pie del cañón» ofreciendo en sus tarimas de todo lo que es posible mostrar sobre un tablón de poco más de un metro cuadrado, en la mayoría de los casos, aunque algunos han puesto timbirichitos mucho más especiales y sofisticados.
Como muchas otras denominaciones que los cubanos han ido asumiendo como propias, el término merolico salió de un lacrimógeno culebrón mexicano que hizo furor en la televisión cubana hace un montón de años, y en el cual uno de los personajes más simpáticos era un tipo de pueblo que se ganaba la vida como vendedor ambulante de chucherías y era una especie de remedo de Cantinflas, quizá más moderno.
Pero por extensión, en la isla el término comenzó a aplicarse desde los tiempos de la «abundancia» a todo aquel que vendía cualquier cosa «por la izquierda» casi siempre, ajeno al mercado que, por esa época, era totalmente del estado.
Y como eran ilegales, andaban en las sombras, ofreciendo sus productos a hurtadillas y «echando un pie» en cuando algún otro colega daba la voz de «¡agua!» al oler a la policía a un kilómetro a la redonda. Ahí alguno que todavía no se ha acostumbrado a esta nueva situación en la que, si pagan impuestos, pueden ser legales.
Cheo es de esos veteranos que durante años sobrevivió en el «bisne» y vendió de casi todo, pues cuando se acababa una mercancía, le caía otra, y así, asegura con una risotada que «no vendí a mi abuela porque estaba muy gastadita. ¡Si no…!»
Ahora tiene su licencia, y a grito limpio oferta lo mismo jabones Palmolive, piezas de todas las marcas de batidoras existentes en las shoping, clavos y tornillos de cualquier medida, gafas para el sol y hasta estuches para teléfonos celulares.
Nadie lo molesta y está al día en el pago del impuesto, aunque nunca contará cómo consigue que lleguen a su mostrador todos los productos que ofrece. Algo que trataremos de averiguar con él mismo más adelante…Porque por ahora se quedará a acompañarnos de vez en cuando en las páginas que esta publicación dedica cada quince días a Radio bemba.
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