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Crónicas habaneras

Acostumbrado uno a manejar el coche entre el tráfico insoportable de Madrid y los trancones de las horas pico, piensa que al llegar a La Habana y ver tan pocos vehículos en las calles, sentarse al volante de un TUR será todo un paseo. CUIDADO POR DONDE CAMINAS

Acostumbrado uno a manejar el coche entre el tráfico insoportable de Madrid y los trancones de las horas pico, piensa que al llegar a La Habana y ver tan pocos vehículos en las calles, sentarse al volante de un TUR será todo un paseo.

¡Qué equivocados están quienes piensan así!

Porque en las calles de la capital de Cuba y por extensión en el resto del país, los dueños no son los automóviles, no señor, sino los peatones, que caminan a dos metros de la acera con la mayor tranquilidad del mundo o se lanzan a cruzar para el frente por donde mejor les parezca, haya cebra o no, y a algunos hasta la da lo mismo que el semáforo esté en rojo, en verde o en azul. Con mirar a ver si los carros vienen “lejos” es suficiente.

Lo de las aceras tiene alguna justificación, porque algunas están tan rotas que muchas veces no se puede andar por ellas sin correr el riesgo de un esguince.

Y para colmo, están esos viejitos medio atolondrados que caminan a paso de tortuga, que hace tiempo perdieron la luz larga y a los cuales lo mejor es no tocarles el claxon, porque se asustan y no saben para donde tirar, y es mejor frenar despacito delante de ellos, llenarse de paciencia y esperar que crucen la calle, si antes no viene un bicicletero y se los lleva en la golilla.

Al despelote de los peatones se añaden otros ingredientes.

El peor de todos son los baches, defecto que no es obra exclusiva de la revolución de Fidel Castro, pues decía mi abuelo que allá por la década de 1930 se puso de moda una tonadita que decía: “Tres cosas tiene La Habana que no las tiene Madrid, el Morro, la Cabaña y baches trescientos mil”.

Se añaden las bicicletas, que aunque tuvieron su época de oro durante la década de 1990 y en la actualidad son cada vez menos, siguen dando guerra, sin carriles exclusivos para ellas y, por tanto, apareciendo por donde menos uno se imagina.

Y, no faltaba más, como en cualquier parte del mundo impera la ley del más fuerte, y si usted maneja un Kia Picanto o un Hyundai Atos, ni se atreva a guapearle a una guagua repleta de pasajeros o a una rastra con remolque incluido, porque en el socialismo la igualdad no llega a tanto.

Por eso muchos visitantes aseguran que manejar por La Habana es la última carta de la baraja.

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