“No te preocupes mi niña, que a la guerra hay que ir con fusil”, le respondió Camilo, un viejo jubilado encargado de hacer las compras de la casa, a la jovencita dependienta de la shoping del barrio cuando esta le dijo, con cara amable, que no había jabitas para echar la botellita de aceite, el paquetico de salchichas y el detergente que él anciano había comprado. A LA GUERRA HAY QUE IR ARMADO
“No te preocupes mi niña, que a la guerra hay que ir con fusil”, le respondió Camilo, un viejo jubilado encargado de hacer las compras de la casa, a la jovencita dependienta de la shoping del barrio cuando esta le dijo, con cara amable, que no había jabitas para echar la botellita de aceite, el paquetico de salchichas y el detergente que él anciano había comprado.
Y como confirmación de su máxima, Camilo sacó del bolsillo, con gesto de mago, una blanca y arrugadita bolsita de plástico.
Porque así es la cosa. En todas las shoping usted debe recibir sus compras en “jabitas” plásticas, como las llaman los cubanos, pero con demasiada frecuencia no las hay, y a veces las hay pero muy grandes o demasiado pequeñas, por lo que en ocasiones usted adquiere una botella de ron y se la envuelven en una bolsa donde cabe un televisor, pero las más de las veces cada producto debe ir en una minúscula bolsita en la que solo cabría una chocolatina, y si la compra es abundante, usted debe convertirse en un pulpo para poder cargar con el montón de jabitas.
Por eso lo mejor es hacer como Camilo, que siempre anda con su jabita bien doblada en un bolsillo, “para lo que se presente”.
“No es por gusto -dice sonriendo- que en Cuba el cuerpo humano se divide en cabeza, tronco, extremidades y jaba”.
El otro problema recurrente es el de la falta de menudo. Si el problema ocurre en una shoping, pues muchos dependientes lo resuelven fácil, en sustitución del dinero que falta le entregan otro producto de igual precio, que usted elija, o simplemente le dan un caramelo o chocolates, aunque el cliente sea diabético.
Todo lo contrario ocurre en las tiendas donde se venden los productos por la libreta. Si es en la panadería solo tiene dos opciones, o espera a que aparezca el vuelto, casi siempre soportando la mala cara del vendedor, o le deja el vuelto y todos felices y contentos.
“De eso nada” dice Camilo, “¿Tu no ves, que centavo a centavo y medio a medio se hacen ricos a costa tuya con el cuento de que no tienen menudo?”. Para esto yo también ando armado, y se palpa el bolsillo del pantalón, donde centavos, medios, pesetas y “morrocotas” suenan como cascabeles.
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