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Crónicas habaneras

Albertico es de esos cubanos que en cuanto emigran se les olvidan hasta las direcciones del barrio donde nacieron y por esa causa a veces hacen algún que otro papelazo cuando regresan a ver al familión que dejaron atrás. BAILAR EN CASA DEL TROMPO

Albertico es de esos cubanos que en cuanto emigran se les olvidan hasta las direcciones del barrio donde nacieron y por esa causa a veces hacen algún que otro papelazo cuando regresan a ver al familión que dejaron atrás.

Hace solo tres años que se fue para EEUU y ahora regresó de vacaciones por diez días cargado de regalos como corresponde a todo cubano que se precie de vivir Miami, incluyendo dos relucientes botellas de bebida que compró en el ‘duty free‘ del aeropuerto.

Su cuñado, como sabe que a Albertico le encanta “chuparle el rabo a la jutía”, lo estaba esperando con una batería para todos los gustos de Havana Club, Varadero, Mulata y Santero.

Pero ni corto ni perezoso Albertico sacó de su mochila un ron caribeño, Captaín Morgan, dice la etiqueta que hecho a base de especias, que llamó la atención de todos y fue la primera en ser abierta a pedido de los curiosos borrachitos de la familia.

Todos lo degustaron con la esperanza de descubrir el paraíso, pero con disimulo alguno que otro hizo su muequita cuando sintieron un extraño sabor a canela.

Cumplido el protocolo, se fueron una tras otra las botellas de Habana Club y Varadero y más tarde también perecieron el Santero y la Mulata.

Pero el Capitán Morgan todavía anda dando vueltas por la casa, esperando por alguna visita, aunque Albertico se fue hace ya dos semanas, y ni siquiera le han servido de buena referencia los 17.00 dólares que le costó en el aeropuerto.

Mejor suerte corrió la otra botella. Como Albertico estudió en Rusia cuando aquello se llamaba Unión Soviética, se acostumbró a beber vodka, así que la otra botella no podía ser de otra cosa, y sacó de su mochila una de Smirnoff.

Smirnoff es Smirnoff, así que voló en un dos por tres, y cuando se vació, Albertico pensó compungido que durante su estancia en La Habana no podría saborear más su bebida predilecta, pero se quedó tieso al ir a una ‘shoping‘ donde lo estaban esperando Smarskaia, un vodka español en tres tamaños diferentes; Stolishnaia, una vieja conocida de sus tiempos de Rusia, pero ahora más cara que nunca; otro vodka de nombre impronunciable destilado en Brasil y, por si fuera poco, la novedad de la temporada; VC, un vodka cubano producido en la central provincia de Villa Clara.

Aparte de la Stolishnaia, de precio prohibitivo, la más cara de las otras marcas no pasaba de los 6.00 CUC.

“¡Ñooooo! -fue la exclamación de sorpresa de Albertico- Si yo sé esto no cargo con las dos botellas desde Miami. Para la próxima, los fulas me los gasto aquí…”.

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