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Crónicas habaneras

Pudiera considerarse como una nueva modalidad del trabajo por cuenta propia, aunque las posibilidades de que se expanda son pocas si la policía se dedica a perseguirlos y, en todo caso, no es otra cosa que una forma más de ganarse la vida, aprovechando las carencias o la negligencia de las instituciones. CUANDO dOS Y DOS NO SUMAN CUATRO

Pudiera considerarse como una nueva modalidad del trabajo por cuenta propia, aunque las posibilidades de que se expanda son pocas si la policía se dedica a perseguirlos y, en todo caso, no es otra cosa que una forma más de ganarse la vida, aprovechando las carencias o la negligencia de las instituciones.

El caso es que Jesús, un viejo jubilado, que no por gusto era contador, se las ha agenciado para ganarse unos cuantos pesos con los cuales calzar su retiro. Demasiado viejo y cansado ya para llevar libros contables como Dios manda, con lo cual podría sacar una buena pasta trabajando para los particulares, puso su inteligencia en “resolverle el problema” a los usuarios del transporte público, a costa de una pequeña e inofensiva estafa.

Todos los días, durante unas cuantas horas, se aposta con una bolsita llena de pesetas (monedas de veinte centavos) en una concurrida parada de ómnibus de El Vedado, donde se aproxima a quienes esperan la guagua y les propone su “negocio” sin muchos rodeos: “Te cambio cuatro pesetas por un peso, pierdes veinte, pero ganas sesenta”.

La cuenta es perfecta, y la mayoría de los pasajeros acepta de inmediato sin pensarlo mucho, pues aunque pierden 20 centavos en el cambio, se evitan tener que echar un peso completo en la alcancía cuando no llevan menudo, cosa muy frecuente pues desde hace bastante tiempo, aunque no se puede decir que la moneda fraccionaria esté escasa, cuesta trabajo que se la den de vuelto porque casi todos los precios son en cantidades redondas: 1.00, 3.00, 5.00, 10.00, 20.00 pesos o más, mientas que los medios (cinco centavos) y las pesetas han quedado solo para las menudencias del cada vez más restringido mercado estatal, mientras que de los kilos (monedas de un centavo) ya nadie se acuerda.

Y así, por cada cinco pesos que Jesús logra cambiar, gana uno, mientras que los pasajeros resuelven el costo de su pasaje y les quedan otros cuarenta centavos para el próximo viaje.

Algunos miran al viejo como queriendo decirle «¿tú me ves cara de bobo abuelo?», pero como la transacción es libre y voluntaria, todos quedan conformes, incluso hasta algún policía, que como cualquier cubano, también tiene que montar en guagua.

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