Después de veinte años, ‘Fresa y chocolate’, la cinta que rompió muchos tabúes dentro de la cinematografía cubana, vuelve a ser noticia, pues Tony Díaz, director del grupo Mefisto Teatro, acaba de estrenar el musical ‘Fresa y chocolate’, de Senel Paz, en el coliseo Tomás Terry, de la ciudad de Cienfuegos, en el centro sur de la isla, y para el 6 de abril está prevista su puesta en el capitalino teatro Bertolt Brecht. Después de veinte años, ‘Fresa y chocolate’, la cinta que rompió muchos tabúes dentro de la cinematografía cubana, vuelve a ser noticia, pues Tony Díaz, director del grupo Mefisto Teatro, acaba de estrenar el musical ‘Fresa y chocolate’, de Senel Paz, en el coliseo Tomás Terry, de la ciudad de Cienfuegos, en el centro sur de la isla, y para el 6 de abril está prevista su puesta en el capitalino teatro Bertolt Brecht.
Díaz manifestó que el autor quedó muy contento con los resultados del montaje de su texto como gran musical, y dijo estar muy familiarizado con la vida escénica de ese relato.
Al respecto recordó que fue el diseñador de luces de todas las versiones teatrales, desde La catedral del helado, de Osmel Poveda, en 1991, pasando por El lobo, el bosque y el hombre nuevo, dirigida por Rafael González, hasta Para comerte mejor, para dos actores, con conducción de Isidoro Núñez.
Rayssel Cruz, actor que lleva una década trabajando con Tony Díaz, para quien ha encarnado más de 20 personajes, casi todos protagónicos, tiene a su cargo en esta puesta en escena el difícil papel del homosexual Diego, encarnado magistralmente en el cine por Jorge Perugorría.
Cruz destaca que el trabajo es bien difícil por la responsabilidad de tener un desempeño a la medida de sus predecesores, pero que lo encara buscando puntos comunes con el personaje y actualizando la entrega, para lo cual mucho le ayuda el colectivo artístico y técnico involucrado en esta nueva versión.
Amaury Millán, a cargo de David, y Leidis Díaz, de Nancy, también respetan la labor de sus predecesores en el cine, Vladimir Cruz y Mirta Ibarra, y sin desechar los logros anteriores, ponen de sus respectivas cosechas para que el desempeño de cada quien tenga un sello bien personal.
Después que el lanzador José Ariel Contreras rompiera el hielo y aprovechara la apertura favorecida por los cambios en la legislación migratoria cubana, Rey Ordóñez es el segundo pelotero de Grandes Ligas en visitar su país natal luego de una ausencia de 20 años.
Con 41 años pasa desapercibido a la mayoría de la gente, que recuerda más su nombre que su rostro, y por eso pudo pasear tranquilamente por el Malecón y quienes pasaban por su lado no se percataban que lo hacían ante una de las estrellas de los Mets de Nueva York, ganador de tres guantes de Oro consecutivos, entre 1997 y 1999.
«Ayer me levanté a las dos de la mañana, desvelado porque venía, no podía dormir» reconoció pocas horas después de arribar a La Habana, ante la expectativa del viaje a Cuba, donde viven sus hermanos y su padre, y aunque esta visita fue breve asegura que «vengo otra vez en junio».
Ordoñez abandonó el equipo Cuba a la Universiada de 1993, en Búfalo, con lo que dio el gran salto de su vida. «En aquel tiempo tenía 20 años, y quería buscar otra cosa, probar hasta dónde daba mi calidad o si era posible triunfar en Grandes Ligas».
Pero confiesa que a pesar de la distancia siempre ha seguido la pelota cubana y que a la hora de escoger se queda tanto con los Mets de Nueva York como con Industriales «el mejor equipo de Cuba».
«Esto es mi vida, mi país. Después de veinte años «volver a lo de uno, adonde uno nació, a tu tierra, imagínate. Estoy impresionado. Todavía tengo un salto en el estómago. No me lo creo, y no me parece verdad».
El Mundo beisbolero cubano fue conmovido por la pérdida del lanzador del equipo Cuba asistente al III Clásico Mundial de Béisbol Yadier Pedroso, quien falleció, apenas recién llegado de la gira por Japón, en un accidente de tránsito junto con su novia y otros acompañante, cuando el auto en el que viajaban embistió brutalmente de frente a un transporte de carga.
Subcampeón mundial y poseedor de otros lauros de nivel en Juegos Panamericanos y Copas Intercontinentales, el siempre jovial Pedrosito, como todos lo llamaban, contaba con 26 años y ya era considerado algo más que una promesa, pues muchos especialistas lo apreciaban como el sustituto del estelar lanzador Esteban Lazo, considerado el rey del montículo, ya retirado.
Pedrosito, un pitcher algo sobrado de kilos que mezclaba su tenebroso rompimiento con una bola rápida pesada, no ocultaba su afición por la cría de palomas y confesó recientemente su manía supersticiosa de vestirse antes que todos en las noches de faena, y, parco en palabras, preguntado por alguna anécdota atractiva en su brillante carrera deportiva, respondía que «soy muy tranquilo y no me pasan muchas cosas».
Últimamente no parecía estar en su mejor forma, pues una lesión hizo peligrar su presencia en el equipo nacional, y su actuación fue más que discreta en el Clásico. Y en efecto, al parecer la mala racha llegó hasta el límite fatal. Testigos aseguran que una amiga que viajaba en el auto, se bajó minutos antes y les dijo: «Yo no sigo, porque ustedes se van a matar».
El pintor español Juan Luis Jardé rindió homenaje en La Habana al fallecido músico cubano Ignacio Villa, conocido por todos como Bola de nieve (1911-1971), con una obra dedicada al artista, donada al restaurante Monseñor, que fuera como el cuartel general desde donde el Bola cautivaba a todos con su maestría al piano y su estilo irrepetible, a pesar de su voz rasgada.
La pieza de Jardé, en homenaje en el aniversario 60 de la fundación del establecimiento, evoca los años en que el artista cautivó con sus canciones al público habanero en uno de los sitios emblemáticos de la gastronomía cubana.
Bola de Nieve consideraba el Monseñor su segunda casa. Allí actuó todos los días desde finales de la década de 1950 hasta poco antes de su muerte, en 1971, salvo, lógicamente, cuando realizaba giras por el extranjero, sobre todo a México, país que visitó con frecuencia, y donde lo encontró la muerte.
En el lugar se conserva su piano, el mismo que lo acompañó por escenarios de varios puntos del planeta.
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