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Cero timbiriches

El 31 de diciembre terminó la gran feria de ropa y artículos importados en que se habían convertido algunos lugares de La Habana y otras ciudades del país gracias a la labor de las “mulas”, que como hormigas acarreaban todo tipo de mercaderías desde Ecuador, Perú, Panamá, Estados Unidos y hasta de Europa, y de los revendedores que acaparaban los productos baratos de las shompings habaneras para luego venderlos más caros. El 31 de diciembre terminó la gran feria de ropa y artículos importados en que se habían convertido algunos lugares de La Habana y otras ciudades del país gracias a la labor de las “mulas”, que como hormigas acarreaban todo tipo de mercaderías desde Ecuador, Perú, Panamá, Estados Unidos y hasta de Europa, y de los revendedores que acaparaban los productos baratos de las shompings habaneras para luego venderlos más caros.

Ya la defunción de ese próspero mercado había sido anunciada por las autoridades, pero a los vendedores se les había dado un tiempo de gracia para liquidar existencias. A mediados de diciembre, el vicepresidente del Consejo de Ministros Marino Murillo había dado el ultimátum: “hasta el 31 de diciembre. Ni un día más”.

Parece que unos cuantos no lo vieron por la televisión, pues en Radio bemba comentarios apuntaban a que los vendedores habían recibido otra prórroga hasta marzo. Pero de eso nada. Los que tenían que saberlo lo sabían bien, y el 1 y el 2 de enero, como eran feriados, nadie se percató del cambio, pero el día 3 los puestos de venta de ropas y otros artículos habían desaparecido como por arte de magia.

En la zona del Mónaco, solo permanecían en sus puestos los autorizados, es decir, los artesanos o vendedores de artículos fabricados por ellos mismos.

En La Cuevita de San Miguel del Padrón, la superferia de La Habana, el mismo panorama: nada de ropas, zapatos, juguetes y electrodomésticos importados o procedentes de las tiendas estatales. Solo los autorizados y, eso sí, una cantidad desacostumbrada de policías, por si acaso, pero tranquilidad total.

Para muchos ahora el centro del asunto es si esos vendedores desaparecieron por arte de magia o continuarán con su negocio a la sombra, a nivel de “bolsa negra”, actividad en la que muchos cubanos son especialistas. Por lo pronto, Carmen, una cubana radicada en Perú y que le tomó el gusto al negocio de las mulas, asegura que ella seguirá yendo y viniendo, “quizá no tanto como antes, pero mientras haya quien compre mis productos aquí, no dejaré de hacerlo”.

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