El 32 festival de Cine Latinoamericano de La Habana concluyó tras dos semanas en las cuales la capital y otras ciudades de la isla se convirtieron en un avispero para miles de enamorados del séptimo arte, que como cada año por estas fechas ven en ese evento la gran oportunidad de apreciar, si les alcanza el tiempo, lo que se hace en el mundo a 24 cuadros por segundo. El 32 festival de Cine Latinoamericano de La Habana concluyó tras dos semanas en las cuales la capital y otras ciudades de la isla se convirtieron en un avispero para miles de enamorados del séptimo arte, que como cada año por estas fechas ven en ese evento la gran oportunidad de apreciar, si les alcanza el tiempo, lo que se hace en el mundo a 24 cuadros por segundo.
A diferencia de otras ediciones, en las cuales incluso antes de la inauguración ya muchos andaban a la caza de títulos taquilleros en otras latitudes, la muestra resultó un poco gris, o mejor dicho, carente de grandes sorpresas, aunque hubo para todos los gustos pues el festival batió record con la proyección de más de 500 filmes, en todas las categorías en competencia, muestras paralelas y retrospectivas.
También, mientras en años anteriores los cinéfilos corrían tras cintas venidas de otros continentes, en este se invirtieron los papeles, y fueron las películas cubanas en competencia o en muestras paralelas las más apetecidas por el público, con molotes incluidos y policía mediante, en no pocas salas donde se exhibían.
Y no es para menos porque los temas abordados por los cineastas del patio, más que sugerentes o llamativos, resultaron francamente explosivos.
Así, «Boleto al paraíso» cuenta la historia, basada en hechos reales ocurridos en los años 90, en pleno período especial, cuando varios adolescentes, en el colmo de la ingenuidad, se inocularon el virus del VIH con la esperanza de vivir con todas las comodidades en Villa Los Cocos, el hospital que existía entonces para los enfermos de SIDA.
Por su parte, «Casa Vieja» aborda el retorno al país de un disidente, luego de años en el exilio, y su reencuentro traumático con la familia dividida entre el amor, el desprecio y las ambiciones, mientras que «Afinidades» tiene entre sus atractivos haber sido dirigida por Jorge Perogurría y Vladimir Cruz, los protagonistas de la archiconocida Fresa y Chocolate, que también en esta comparten papeles principales, con música nada menos que de Silvio Rodríguez y un metraje bien cargadito de sexo.
Como una rara avis, muchos persiguieron «Memorias del desarrollo» una coproducción cubano-estadounidense -sí lector, eso mismo-, que viene a ser como una segunda parte de la también cubana «Memorias del subdesarrollo», filme de la década de 1960 considerado por muchos como un clásico del cine de todos los tiempos.
Y no faltó un tema más «suave» pero igualmente interesante para los cubanos, «José Martí, el ojo del canario», una bellísima pieza en la cual la vida del Héroe Nacional cubano es vista en el tránsito de la niñez a la adolescencia, con mucha humanidad, y que, por cierto, barrió con casi todos los premios colaterales.



