Ya se está acabando noviembre y para los cubanos comenzó la aventura de devanarse los sesos para resolver las compras de fin de año, unos porque las cuentas no les dan, y otros, porque aunque tengan dinero suficiente, tienen que zapatear los productos para celebrar como Dios manda las fiestas de Nochebuena y de fin de año. Ya se está acabando noviembre y para los cubanos comenzó la aventura de devanarse los sesos para resolver las compras de fin de año, unos porque las cuentas no les dan, y otros, porque aunque tengan dinero suficiente, tienen que zapatear los productos para celebrar como Dios manda las fiestas de Nochebuena y de fin de año. Nada de pensar en las navidades como en el resto del planeta, donde ya en octubre las tiendas se abarrotan de árboles de Navidad, guirnaldas lumínicas y confituras para la ocasión. En las shoping de la isla no existe el maratón comercial navideño, ni Reyes Magos ni Papás Noeles de todos los tamaños, aunque aparecen discretamente las bolitas y bombillos de colores para los arbolitos y hasta turrones y sidra españoles. Eso sí, el que más y el que menos arma su arbolito y, si pueden, montan un «nacimiento» con Niño Jesús y todo, aunque no crean ni en la paz de los sepulcros. La gente se dedica, más que todo, a comprar el puerco, los frijoles negros y la yuca y la ensalada, que para cualquier cubano son el menú obligado del 24 y el 31 de diciembre, si es que hay dinero para celebrar las dos fechas. En la mesa cubana de esos días, sobre todo de Nochebuena, son imprescindibles. El problema está en que como todo el mundo compra lo mismo, las cosas se pierden o sus precios se ponen por las nubes. Por eso los más previsores comienzan desde ya a acaparar frijoles negros, a perseguir las piernas de puerco y congelarlas durante semanas en la nevera, e incluso, los más extremistas, se las arreglan para congelar también la yuca aunque corran el riesgo de que cuando llegue la ansiada noche, esté más dura que un bate de béisbol.



