Muchos piensan que lo que se está viendo en el teatro cubano es más de la cuenta y que las cosas ya pasan de castaño oscuro, y aunque el debate se mueve en las esferas culturales sobre todo y en especial entre los amantes del teatro, la cosa está «caliente». Muchos piensan que lo que se está viendo en el teatro cubano es más de la cuenta y que las cosas ya pasan de castaño oscuro, y aunque el debate se mueve en las esferas culturales sobre todo y en especial entre los amantes del teatro, la cosa está «caliente».
El motivo de la discordia no es uno sino varios. Y todo parece haber comenzado con la puesta en escena de la obra ‘La Hijastra’.
La Sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht acogió nuevamente al grupo El Ingenio con su más reciente estreno, dirigido por el siempre controvertido Juan Carlos Cremata, bien conocido por los filmes Viva Cuba, El premio flaco y Chamaco, quien decidió esta vez montar una obra de un dramaturgo cubano de la más joven promoción, Rogelio Orizondo, ya con varias obras en su haber y quien a juicio de la crítica es un autor que hurga en las heridas de su tierra y saca de allí, de lo más hondo, los motivos, los personajes y las historias.
Y lo que narra La hijastra no es para menos, pues se trata de una adolescente carente de brazos llamada Suly, a quien cariñosamente le dicen Bicho.
Luego de que su madre se suicidara, la joven vive al amparo de su padrastro Mateo, un borracho repugnante y abusivo.
Completa esta especie de familia postiza Ricardo, compañero de Mateo en las perversas oscuridades de los cines y marido de Dalia, una mujer desquiciada que perdió a sus hijos en un naufragio.
En ‘La Hijastra’ lo que más abunda es la violencia verbal y las implicaciones sexuales explícitas que realmente agreden hasta la repulsión al espectador no avisado de lo que va a enfrentar a solo unos metros de su asiento, en vivo y en directo.
El propio Cremata a la hora de clasificar su puesta en escena la calificó de chocante y obscena, pero puso el grito en el cielo cuando una especie de comisión de los organismos vinculados a la cultura intentó al parecer que le dieran unos cuantos tijeretazos.
O se pone completa o se quita. Fue la determinación de Cremata, y ‘La Hijastra’ se mantuvo en cartelera.
Otro caso es una obra presentada en la sala Llauradó por el director Carlos Díaz, sobre un texto alemán, donde ante la mirada de no pocos espectadores atónitos los actores se desnudan, beben, tienen relaciones homosexuales y lésbicas, en vivo y de manera explícita.
También de Carlos Díaz se presenta en la sala Trianón una versión de Calígula, escrita por el gran autor francés Albert Camus y traída a Cuba por Díaz en 1996 como tributo al actor y director Adolfo de Luis.
Ganador del Premio Villanueva de la Crítica, este Calígula se alza por igual con elogios descomunales de una parte de los especialistas y los espectadores, por lo que consideran como su agudeza escénica, la valía de sus imágenes como comentario a la contemporaneidad cubana, y un sólido trabajo actoral; mientras que otra parte de la crítica y el público la consideran poco menos que un panfleto reaccionario que denigra de los principales líderes políticos del país y echa por tierra todos los valores que la sociedad cubana se precia de conservar.
Se dice que en la dirección de Artes Escénicas de la Unión Nacional de Escritores y Artistas han llovido las cartas criticando sobre todo lo que para muchos es pornografía pura y dura o «mensajes subversivos», pero lo cierto es que las obras se mantienen en cartelera, y aquí no pasa nada.



