Si los ratones solo comieran queso…

Radio Bemba

Si los ratones solo comieran queso, Cuba por estos días podría declararse país libre de esos molestos roedores, porque el queso está perdido, y la mantequilla también. Debe ser consecuencia de los vaivenes del comercio internacional, porque las marcas que se comercializan en las tiendas en divisas no se ven por ningún lado. Si los ratones solo comieran queso, Cuba por estos días podría declararse país libre de esos molestos roedores, porque el queso está perdido, y la mantequilla también. Debe ser consecuencia de los vaivenes del comercio internacional, porque las marcas que se comercializan en las tiendas en divisas no se ven por ningún lado. Así que es muy probable que el barco cargado con contenedores repletos de esos lácteos ande por altamar y el día menos pensado las tiendas amanecerán repletas. Pero también algo pasa con la producción nacional pues los quesos «de aquí» tampoco se ven por ninguna parte. Ciertamente, si se lee el periódico uno se entera de que la producción de leche no acaba de cuajar a causa de la sequía, la falta de piensos y muchas disculpas más, y a pesar incluso de los estimulantes precios que ahora reciben por su mercancía los productores lecheros, que también por esa causa, ahora prefieren vender casi toda la leche al Estado, incluso aquella que antes dedicaban a producir queso y comercializarlo «por la izquierda» la libra a 25.00 pesos. Juan era un proveedor seguro en el barrio. El guajiro se las agenciaba para viajar todos los días desde el campo a La Habana y ofrecerle su queso fresco a un montón de clientes que ya tenía como «puntos fijos». «Ya no me da resultado, pues necesito mucha leche para hacer una librita de queso, y esa misma cantidad se la vendo al estado, gano lo mismo que con el queso, paso menos trabajo y me ahorro el viaje hasta La Habana», es su cuenta, muy bien sacada. Pero el misterio de la desaparición del queso también puede que sea culpa de las reformas del gobierno, pues la cifra de restaurantes, pizzerías, cafeterías y todo tipo de timbiriches privados se ha disparado y en casi todos se encuentra de seguro algún bocadillo de jamón y queso o pizzas. Y en esos lugares nunca falta, porque si eso ocurre el negocio se cae. «Arte de magia» piensan algunos. «Arte del trapicheo» dicen los que no creen en cuentos de contenedores en altamar, de vacas flacas o de alguna plaga fantasma de ratones que pudo devorar todas las existencias.

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