La crisis económica que afecta a medio mundo y las reformas migratorias aplicadas por el Gobierno desde principios de año han ido cambiando cada vez de manera más ostensible el panorama en cuando al llevado y traído tema sobre el derecho de los ciudadanos de la isla a viajar. La crisis económica que afecta a medio mundo y las reformas migratorias aplicadas por el Gobierno desde principios de año han ido cambiando cada vez de manera más ostensible el panorama en cuando al llevado y traído tema sobre el derecho de los ciudadanos de la isla a viajar.
Si hace solo un par de años la idea de emigrar equivalía en la mayoría de los casos a la decisión de no regresar, ahora parece ser todo lo contrario y cada vez más prevalece en la mente de quienes pretenden emigrar la idea de “ir a ver cómo es aquello o cómo anda la cosa por allá, y si no me conviene regreso”.
Así le ocurre a Herminia, una jubilada que tiene sus hijos en Estados Unidos y que ha tenido la extraña suerte de que, hasta ahora, siempre le hayan concedido la visa en la Oficina de Intereses de Washington en La Habana, pero esta última vez con la ventaja de que la visa es por cinco años.
Así que podrá ir y venir unas cuantas veces sin tener que pagarle a los norteamericanos 160 CUC cada vez que pretenda viajar a Miami, y además, como al salir de Cuba puede estar en el extranjero durante 24 meses sin perder sus derechos en la isla, mantiene su ciudadanía cubana y dispone del tiempo suficiente para obtener la residencia en Estados Unidos.
“Si algún día se me ocurre quedarme allá, con la venta de mi casita en La Habana tengo suficiente como para no llegar a Miami con las manos vacías, pero eso ni me pasa por la mente, y me mantengo aquí, donde a fin de cuentas no me falta nada, los vecinos me quieren y me ayudan y no soy una carga para mis hijos”.
Lo mismo parece ir ocurriendo cada vez más en dirección contraria.
Camilo ya se ha ido acostumbrando a viajar en julio a La Habana con toda su tropa desde Miami, a pasar las vacaciones a “cuerpo de rey” en una casita que ya tiene reservada de antemano en Brisas del Mar, unos 50 kilómetros al este de la capital, donde hay espacio para sus tres hijos, él, su esposa y los padres de ambos, que viven en Cuba.
Vive desahogadamente en Tampa gracias a su pequeña empresa (él y dos operarios) dedicada a tareas de medición de terrenos, y ha pensado seriamente llevarse a los padres para allá, pero asegura con total sinceridad que “esa cuenta no nos da. Los viejos tienen aquí todas las comodidades y la atención médica segura. Con 200 dólares que le enviamos todos los meses tienen sus problemas resueltos en Cuba, mientras que allá, ni con 2.000 al mes nos da para mantenerlos, así que seguiremos viniendo cada vez que podamos”.
Pero además, ya anda dándole vuelta a otros planes: “A la vuelta de pocos años el mayor piensa comenzar en la universidad y estamos pensando en hacer los trámites migratorios necesarios para que pueda estudiar aquí. No nos van a costar nada los estudios, solo mantenerlo a él y eso seguro saldrá más barato también que allá, y luego, que él decida qué rumbo coge, como mismo hicimos nosotros, pero como van marchando las cosas cada vez es menos problema ir y venir”.
Y ni que decir de Osmay, que siempre fue un “lámpara” para los negocios. Hace ya unos cuantos años se fue para Canarias, pero desde hace tiempo la suerte le volvió la espalda y está desempleado, y sacó una cuenta clara: “Con el seguro de desempleo en Tenerife paso hambre, mientras en La Habana vivo sin problemas, así que me tiré con la guagua andando y aquí estoy”.
Pero ahí no queda la cosa y, gracias a su ciudadanía española y a las reformas migratorias, viaja constantemente a Panamá o Miami, donde compra equipos y piezas de electrodomésticos para luego venderlos en Cuba. Negocio redondo, al menos hasta ahora.
María Elena es otro caso. A fines de los 80 viajó a trabajar a la Alemania socialista, se casó con un alemán y se quedó. Luego el muro se vino abajo, pasaron los años, el esposo se retiró y terminaron viviendo en Almería cómodamente, gracias a la generosa jubilación alemana. Ahora, viuda, y en medio de la crisis que golpea a España, anda por visitando el barrio y algo más, pues “aquello está muy malo y estoy tanteando el terreno para ver si pongo aquí un negocio con mi familia, si perder, por supuesto, mi ciudadanía, y cuidando mi jubilación, porque bastante me rompí el lomo trabajando en la agricultura”.
Con su jubilación de España, María Elena podrá vivir cómodamente en Cuba, no es la primera en pensarlo y en hacerlo, pero hay quienes aseguran que habría una verdadera avalancha si los miles de viejitos cubanos que viven en Estados Unidos pudieran disfrutar de su jubilación en la isla, cosa que está prohibida por las leyes de ese país.
Aun con inconvenientes como ese, la cosa marcha, y ya casi medio millón de residentes en el extranjero viaja anualmente a Cuba mientras que decenas de miles de habitantes de la isla ya han ido este año a visitar a sus parientes de “afuera”, a pesar de que algunos gobiernos, que antes clamaban por el derecho de los cubanos a viajar, ahora han apretado las clavijas para conceder un visado.
Pero lo real es que la eliminación de restricciones de viajes por las autoridades cubanas y algunas disposiciones más flexibles desde Washington está facilitando un mayor contacto entre los cubanos de uno y otro lado del estrecho de la Florida. El problema que antes representaba la emigración se diluye cada vez más, como debe ser.
Incluso, Esteban Morales, un experto en temas de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, asegura que, a la larga, esa creciente interrelación entre los cubanos de uno y otro lado será lo que definitivamente dé al traste con el bloqueo o embargo -como se le quiera llamar-, más que la voluntad política de Washington, que tozudamente mantiene esa medida a pesar de la casi unánime desaprobación internacional.



