Crónicas habaneras

“Ya lo de las shoping es un relajo, ni con CUC uno busca lo que encuentra” fue el comentario de Carmela a la salida del mercado de Tercera y 70, en Miramar, uno de los más grandes de La Habana. NO HAY, PERO HAY

“Ya lo de las shoping es un relajo, ni con CUC uno busca lo que encuentra” fue el comentario de Carmela a la salida del mercado de Tercera y 70, en Miramar, uno de los más grandes de La Habana. Ese centro comercial tiene fama de ser uno de los mejor dotados de la capital, pero últimamente se aprecia cierto desabastecimiento, como en otros lugares que venden en CUC, y para los clientes es como jugar a la ruleta rusa encontrar lo que buscan.

Ese día Carmela acudió embulladísima, con su hermana, que había llegado días antes de Miami, a pasar las vacaciones con la familia, y salieron a hacer “una facturita” para la casa.

En las grandes neveras de Tercera y 70 solo había muslos de pollo congelados, picadillo condimentado, también de pollo, y croquetas importadas, carísimas.

En cambio, carne de res y pescados y mariscos había en abundancia, pero como los precios de esos productos en las shoping son astronómicos, las dos mujeres siguieron sin mirar y Carmela advirtió a la hermana, ya desacostumbrada a las lides de la subsistencia en Cuba: “Ni te ocupes, que esas cosas las resolvemos por fuera…”.

Pero la cosa cobró tintes dramáticos cuando continuaron buscando:

“¿No hay cuadritos de caldo concentrado?”

“Hace rato que no entran” fue la respuesta telegráfica de la dependienta.

“¿Y las cervezas cubanas, Bucanero y Cristal?”

“Se acabaron hace un momentico. Todavía el mercado no se ha estabilizado después de la escasez de las últimas semanas, pero hay Heineken, Bavaria y Corona, aunque son mucho más caras”.

Y así con unos cuantos productos más, como desodorante, papel sanitario, harina de trigo, garbanzos, y hasta una escoba”.

Casi con las manos vacías, Carmela y compañía partieron raudas hacia el centro comercial de Boyeros y Camagüey, una especie de versión corregida y reducida de Makro, al otro lado de la ciudad, taxi mediante, y esta vez las tocó la varita mágica de la buena suerte. Encontraron todo lo que andaban buscando y más, hasta jamón serrano en lascas, varios tipos de queso y mantequilla importada.

Ya en la calle, con dos carritos del supermercado cargados de productos y saboreando sendas Cristal bien frías como premio al esfuerzo, Carmela le preguntó a su hermana sin pensarlo dos veces:

“¿Me explicas tu por qué pasan estas cosas en este país?”

A lo cual la otra, ni corta ni perezosa y socarrona, le soltó:

“¿¡Yooooooooooo!? Será culpa del imperialismo”.

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