La llegada del verano a Cuba tiene un impacto político de importancia en un año tan complicado para la Isla

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Entre los isleños que han viajado al exterior y han desempeñado algún trabajo en alguna gran capital europea, por ejemplo, se sabe que a los ciudadanos de muchos países, españoles incluidos, les cuesta entender la importancia política real de algunos asuntos que podrían parecer casi nimiedades a una mirada poco atenta. Entre los isleños que han viajado al exterior y han desempeñado algún trabajo en alguna gran capital europea, por ejemplo, se sabe que a los ciudadanos de muchos países, españoles incluidos, les cuesta entender la importancia política real de algunos asuntos que podrían parecer casi nimiedades a una mirada poco atenta. La llegada del verano a la Isla en general y a La Habana en particular es un caso muy ilustrativo de este fenómeno. La irrupción de la estación más calurosa del año, a pesar de que la mayor de las Antillas suele gozar de un clima caluroso, en general, trae muchas complicaciones adicionales a la ya difícil vida cotidiana de los cubanos. Más en un año como este en el que la crisis económica mundial acentúa los problemas locales derivados de las deficiencias estructurales y el ahogo financiero del Estado.

El problema es que a las incomodidades e incertidumbres habituales, en este 2010, se suman otras, las propias de la estación y algunas que se derivan de la situación económica negativa del momento. Detalles como el regreso, intermitente eso sí, de los cortes en el suministro eléctrico, que afectan incluso a vecindades tan exclusivas como la de Miramar Playa, traen además malos recuerdos del durísimo periodo especial, por más que, afortunadamente, aún se esté lejos de aquellas estrecheces.

Pero, por si acaso, y ante la falta de voluntad política aparente para iniciar las grandes reformas necesarias, el Gobierno de Raúl Castro parece concentrado en solucionar algunos problemas menores, pero que pueden agravar la tensión social en tiempo de calor. Por ejemplo, aportar recursos de ocio para los niños de vacaciones y obligados a pasar muchas horas en casas sin aire acondicionado y, a veces, sin recursos alimentarios suficientes para superar el cierre de los comedores escolares y de algunos de los que antes había en casi todos los centros de producción.

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