Contra los pronósticos de los agoreros, para quienes al parecer La Habana es sinónimo de baches en las calles, edificios apuntalados y salideros de aguas albañales, la capital de todos los cubanos -como la denominan algunos comerciales- clasificó en el Concurso New 7 Wonders Cities, mediante el cual millones de personas en todo el mundo eligieron las siete ciudades más maravillosas a nivel planetario. Contra los pronósticos de los agoreros, para quienes al parecer La Habana es sinónimo de baches en las calles, edificios apuntalados y salideros de aguas albañales, la capital de todos los cubanos -como la denominan algunos comerciales- clasificó en el Concurso New 7 Wonders Cities, mediante el cual millones de personas en todo el mundo eligieron las siete ciudades más maravillosas a nivel planetario.
La Habana compartió el lauro junto a Beirut (Líbano), Doha (Catar), Durban (Sudáfrica), Kuala Lumpur (Malasia), La Paz (Bolivia) y Vigan (Filipinas), lo cual indica que la selección iba mucho más allá de escoger a esas siete maravillas entre las urbes más desarrolladas que, por cierto, fueron quedando por el camino.
Los comentarios en Radio bemba han sido profusos, y van desde los que como Cacha, una mulata de El Cerro asegura que «no me lo podía creer cuando leí eso en la prensa» hasta los que buscan por todos lados los defectos, casi siempre los que están más a la vista.
«Maravilla es mi edificio, que lleva apuntalado 37 años y no se acaba de caer» asegura Eliezer, a quien las autoridades le han pedido reiteradamente que se mude a un albergue por el peligro de derrumbe, pero se mantiene a pie firme bajo su techo».
«Los que hablan de maravilla, no han salido nunca de Miramar» dicen otros para quienes lo máximo parece estar más allá de los túneles de Línea y de Malecón.
Sin embargo, otros argumentan que la verdadera maravilla de La Habana radica en ser una ciudad tranquila, segura, multicolor, abigarrada, incluso barroca, donde se acumulan y superponen todos los estilos arquitectónicos habidos y por haber con un equilibrio difícil de hallar en otras partes.
Pero también, afirman, tiene su ritmo muy particular, su ambiente, detalle que advierten sobre todo quienes llegan a ella desde el exterior, como Marina, una asturiana que aseguró a amigos cubanos que «cuando me jubile me vengo a vivir a La Habana, para tirarme en una tumbona al frente de casa, pintarme las uñas y contemplar a los mulatos pasar…»
Y los más, admiran sobre todo a su gente, protestona pero alegre, educada y a la par escandalosa, amiga hasta con los extraños, más familiar con los vecinos que con la misma familia, fiestera y solidaria siempre, a pesar de todo.
«Esos son colores que también hacen la maravilla» acuñan seguros los que incluso ven algo hermoso en las paredes descaradas y con manchas de humedad, pero que siguen de pie, luchando contra el tiempo y el descuido.



