En Radio bemba, al menos en este mes de enero, buena parte de los comentarios parecen confirmar el refrán «año nuevo, vida nueva», pues para los cubanos, que han vivido 55 años enfrentados «al norte revuelto y brutal», el regalo que le hicieron Raúl Castro y Barack Obama en diciembre, con el siempre deseado pero sorpresivo anuncio del restablecimiento de relaciones entre ambos países, les dice que «las cosas tienen que mejorar». En Radio bemba, al menos en este mes de enero, buena parte de los comentarios parecen confirmar el refrán «año nuevo, vida nueva», pues para los cubanos, que han vivido 55 años enfrentados «al norte revuelto y brutal», el regalo que le hicieron Raúl Castro y Barack Obama en diciembre, con el siempre deseado pero sorpresivo anuncio del restablecimiento de relaciones entre ambos países, les dice que «las cosas tienen que mejorar». Por supuesto, el entusiasmo tiene niveles, de acuerdo con la inteligencia, la cordura o los sentimientos de cada quien a la hora de analizar el problema.
Asya, un ama de casa ochentona que nunca logró acostumbrarse a las escaseces, dice convencida que «dentro de poco, seguro las tiendas van a estar repletas de productos de allá, manzanas de California, arroz Tio Ben y hasta Mc Donalds y quizás hasta los precios bajen en las shoping».
El sueño lo interrumpe una de sus nietas, que la baja de la nube con un «¡abuela, despierta, que los tiempos en que la Coca Cola valía cinco centavos ya pasaron hace rato, aquí y allá!».
Por su parte, Yumisleidys, una jineterita de Centro Habana, dejó las clases de italiano y comenzó un curso intensivo de inglés porque, según afirma, «tengo que ponerme las pilas para entenderme con los yumas, que de un momento a otro comienzan a caer en pandilla lo mismo por el aeropuerto que por la Marina Hemingway». Otros también se preparan para lo que esperan sea una avalancha de visitantes, entre ellos Edilberto y su esposa, que tienen una amplia residencia en las lomas de la playa de Guanabo donde alquilan tres habitaciones, y con el capital de que disponen han decidido lanzarse a construir una segunda planta con otras tres habitaciones y también un comedor amplio.
«Casi nos vamos a convertir en hostal -considera Edilberto- y esperamos ocuparlo todo porque el país no cuenta con suficientes alojamientos para tanta gente, y si a la larga no vienen, pues siempre habrá cubanos u otros turistas extranjeros a quienes alquilarles, así que no perdemos nada, pero no podemos dejar pasar la oportunidad». Anibal y Emilia, un veterano matrimonio que tiene a los dos hijos mayores y cuatro nietos en Miami, aspira a alcanzar lo más valioso para ellos: «Nosotros nos conformamos con que los muchachos puedan venir a vernos con más facilidades y que las llamadas telefónicas se abaraten para poder hablar con los nietos por lo menos una vez a la semana».
Para Tony, el hijo más pequeño y el único que quedó con ellos en Cuba, las aspiraciones vienen por otro lado: «Espero que al fin me pueda conectar en Internet, porque Obama dijo que iba a aflojar la mano para mejorar las comunicaciones».
Y así, todos esperan cosas buenas con la llegada de la «normalidad», pero hay quienes apelan a la cordura y la paciencia y advierten, como Carlos, un profesor universitario, que «eso de las relaciones no es de hoy para mañana, sino que lleva muchas conversaciones, y tratándose de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, por muy buena voluntad que haya, dos narizones no se pueden besar, y el estira y encoge va a ser de anjá».
Otros son menos optimistas y no les falta razón: Edilberto, un jubilado tan amante de la política como de la pelota, considera que «la cosa para nosotros es aprovechar mientras podamos, porque a Obama le quedan dos años, y si no logra tumbar las leyes del bloqueo en ese tiempo, el que venga detrás le puede dar marcha atrás al asunto y a bolina el papalote». Pero incluso hay algunos a los que, contra lo que se pudiera esperar, las buenas nuevas le han cambiado los planes de forma casi dramática.
Carlos es uno de esos, que convencido asegura: «Ahora sí me voy de aquí rápido y como sea, hasta enganchado en la aleta de un tiburón, porque quiero estar en Miami antes de que se caiga la Ley de Ajuste, si no, voy a pasar el mismo trabajo que cualquier emigrante de México o Haití, y eso, conmigo no va».



