Lo que la mayoría de los cubanos ven o escuchan por estos días, y de lo que más hablan, fuera de los luctuosos acontecimientos por el fallecimiento del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, es de béisbol, o de pelota, como sencillamente se dice en la isla. Lo que la mayoría de los cubanos ven o escuchan por estos días, y de lo que más hablan, fuera de los luctuosos acontecimientos por el fallecimiento del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, es de béisbol, o de pelota, como sencillamente se dice en la isla.
Tanto es así que a pesar de los ajustes en la programación de televisión por la muerte del presidente venezolano, lo único que no sufrió el menor cambio fue la parrilla deportiva del canal Tele Rebelde.
Porque está a todo tren el III Clásico Mundial, adonde acuden los mejores, y del cual, a pesar de contar con un excelente equipo, los cubanos se despidieron el lunes, tras ser derrotados por la novena de Holanda.
Si se habla sobre el desenlace, no caben dudas de que los equipos de Holanda y de Cuba salieron a darlo todo al campo aunque el resultado favorable a los europeos 7×6 le permitió conseguir el boleto para los partidos de semifinales, en la ciudad de San Francisco, Estados Unidos, mientras que los cubanos deberán recoger sus maletas y regresar a La Habana.
El lunes por la mañana La Habana era un hervidero y caminado por la calle se podía seguir el partido de casa en casa, con los televisores puestos a todo volumen y la gritería de los fanáticos al borde del infarto ante una buena jugada o un error, en unos casos alabando al muchacho: «¡Ese es el mejoooor!», y en otros, poniéndolo contra las cuerdas: «¡Es un muertooo! ¡¿A quién se le ocurrió llevarlo a Japón?!».
Lo mismo en los autos, en la guagua y en cualquier centro de trabajo.
Para calentar más el ambiente, la asistencia de Cuba este año al Clásico estuvo precedida por la polémica sobre la formación del equipo, del cual quedó eliminado Ariel Pestano, considerado el mejor receptor del país hasta ese momento, y que, de buenas a primeras, era suplantado por otros tres jugadores, algunos con mucha menor experiencia y resultados. El comentario público era que se trataba de un pase de cuentas de Víctor Mesa, el preparador del equipo antillano, por viejas rencillas personales.
Ya en la ciudad de Fukuoka, Japón, las preocupaciones de los fanáticos comenzaron a despejarse cuando el equipo cubano obtuvo su primer éxito sobre la novena japonesa en Clásicos Mundiales de Béisbol, al derrotarla seis carreras por tres en un desafío que descorrió las cortinas de la llave clasificatoria A. Los cubanos, que archivaban tres reveses ante los bicampeones del evento, se apoyaron en su buen hacer con el bate para vencer de modo categórico y, de paso, romper el hechizo de que no se podía vencer a los hijos del país del sol naciente.
Pero el entusiasmo duró poco porque en el siguiente partido, la selección de Holanda derrotó a la de Cuba con pizarra de seis carreras por dos.
Con ello comenzaba la agonía, pues por ese revés, Cuba debía triunfar en dos choques sucesivos si pretendía acceder a la fase de semifinales.
Para alivio de todos, Cuba arrolló a Taipei de China por la vía del nocao (14×0), y con ello conservó la esperanza de avanzar a las semifinales.
Pero la derrota de Holanda ante Japón conllevó a que los cubanos tuvieran que enfrentarse de nuevo con los europeos, y ahí se esfumaron las esperanzas.
«Decididamente, los cubanos no comemos tulipanes» fue la frase agridulce que dejó escapar un viejo amigo del barrio cuando al concluir el partido apagó el televisor y se levantó de su sillón, muerto de cansancio como si él hubiera sido el principal jugador del tope.
Ahora los comentarios están a la orden del día, de todos los signos y colores.
«El deporte es así, se gana y se pierde» aseguran los más conformes. Otros, inconsolables ante la derrota, afirman que «no es justo, porque es un buen equipo que debió ir a la final». Pero los radicales piden sangre: «¡Hay que mandarlos a todos a cortar cañaaa!» es su grito de guerra, y en Cuba, tener que cortar caña, es la peor penitencia que se puede sufrir.
En otros se han destapado los celos y hasta le echan la culpa al deporte de las multitudes: «Deberíamos cambiar de deporte nacional, porque se pone por la TV más fútbol que pelota, le hacemos más propaganda y ya hasta vamos a un mundial juvenil. ¡Es el colmo!». Por supuesto, no falta la diatriba contra los directivos del equipo, que no se apaciguó ni con el mea culpa que asumió Víctor Mesa ante la prensa: «Hay un solo responsable de la derrota, ese soy yo, los jugadores no pierden los juegos, los pierdo yo. Quien dirige tiene la máxima responsabilidad».
Unos dicen que el preparador hizo lo que tenía que hacer en cada momento y que sus decisiones siempre fueron acertadas, otros, sencillamente, asumen que «hay que colgarlo».
Y otros se inclinan, con ese sentido del choteo que caracteriza al cubano, por sacarle punta a asuntos extradeportivos, sobre todo el detalle sorprendente de ver un equipo de Holanda repleto de negros y mulatos, con la ausencia casi total de rubios nórdicos. De todas formas, el Clásico seguirá en la calle durante las próximas semanas, ya sin el estímulo de apostar por los nacionales, pero con el aliciente de ver a los mejores jugadores de béisbol del planeta, pues la TV seguirá con las trasmisiones de todos los partidos, en directo, y comentando las sorpresas que pueden presentarse en lo que resta del certamen, pues ya las hubo de sobra, como la victoria de México sobre Estados Unidos, o de Italia sobre Canadá, o la caída del architemido Corea del Sur y de Venezuela.



