El reloj de la Quinta Avenida, que desde no se sabe cuánto tiempo estaba sin funcionar, comenzó de nuevo a dar la hora, en lo que se ha convertido en un acontecimiento, sobre todo para los habitantes del municipio Playa, en el oeste de la capital. El reloj de la Quinta Avenida, que desde no se sabe cuánto tiempo estaba sin funcionar, comenzó de nuevo a dar la hora, en lo que se ha convertido en un acontecimiento, sobre todo para los habitantes del municipio Playa, en el oeste de la capital.
Lo mejor del caso es que no lo echó a andar una empresa estatal, ni mucho menos una compañía extranjera, sino uno de esos cubanos a los cuales la necesidad y las carencias han convertido en hombre orquesta. Así que, en una historia casi romántica, de luchas contra molinos de viento, Daniel Margolles se lanzó contra las trabas de la burocracia y la falta de todo, cuando se cansó de pasar todos los días, camino y vuelta del trabajo, frente a la vieja torre del reloj, enclavada en el centro de la enjardinada avenida.
Trabajo le costó disponer del permiso de las autorizaciones para subir a la torre, desarmar la pesada máquina y cargar con las enormes piezas para su casa. En su «locura» encontró el apoyo de Elena González, encargada de cuidar la torre desde hace más de 50 años, y poca gente más, aunque suficientes para salir adelante.
Pero el trabajo resultó bien complejo, pues los más viejos de la zona aseguran que desde que fue instalado allá por la década de 1920, nunca se vio a nadie brindarle el menor mantenimiento al reloj. Conclusiones: algunas piezas estaban corroídas totalmente y Margolles debió fotografiarlas una a una y documentarlas para poder luego reconstruirlas sin cometer un error fatal.
Mucha paciencia, empeño y audacia dieron sus frutos: Ya las cuatro esferas -una en cada lado de la torre-, dan la hora exacta, solo que Daniel debe subir cada 72 horas a darle cuerda al mecanismo, que funciona tal como cuando lo instalaron sus fabricantes.
Y como está ubicado en lo que fue en su mejor época uno de los barrios más rancios de la aristocracia habanera, suena sus campanas, cada cuarto de hora, con el mismo sonido que el Big Ben de Londres, no faltaba más.



