Dicen los conocedores de música que conversar con el maestro Leo Brouwer proporciona un alud de conocimientos que sirven de coraza a banalidades destinadas a atraer a grandes públicos. Dicen los conocedores de música que conversar con el maestro Leo Brouwer proporciona un alud de conocimientos que sirven de coraza a banalidades destinadas a atraer a grandes públicos.
Y al parecer esa fue la opción que el auditorio encontró en los cinco conciertos de la tercera edición del Festival Leo Brouwer, calificado por él mismo como un evento de «músicas curiosas, interesantes y retadoras», que acaba de finalizar en la capital cubana.
Reconocido en el mundo entero, es uno de los músicos más importantes del panorama sonoro mundial, como director de orquesta, compositor y guitarrista excepcional, y también es un teórico de la cultura musical y su vastos conocimientos musicológicos le han ganado un lugar muy importante en la estética de las corrientes que merecen una atención y una prevalencia en el universo de la creación e interpretación de la imagen sonora universal.
Bien conocido en España, próximamente su Sonata para Violín será la pieza estrella que del concierto que brindará el violinista Manuel Guillén en el anfiteatro de Madrid.
Brower se considera enemigo de los lugares comunes pues en su opinión «la banalidad se vende. La música popular está llena de banalidades y por eso gusta a muchos, se vende. No cuesta trabajo oírla o bailarla. La gente dice: ¡qué bien, me siento confortable con un colchón en la información. La teoría de la información te da redundancias, te sientas tranquilamente en ese colchón rítmico, sin pensar en otra cosa».
Con apenas 62 años, dijo adiós al teatro, el cine y la televisión cubanos Adria Santana, considerada por la crítica uno de los nombres más importantes del arte dramático en la isla en las últimas décadas, y seguida muy de cerca en todas su actuaciones por un gran número de admiradores.
Para sus colegas fue también una excelente amiga y un gran ser humano, que gracias a su talento y perseverancia llegó a convertirse en la musa del controvertido dramaturgo cubano Abelardo Estorino, en sus tiempos en el grupo Teatro Estudio.
Actriz de carácter, bien segura en los papeles más fuertes, también lo fue en la vida, aun cuando sobresalía igualmente por su jovialidad y por no tener pelos en la lengua a la hora de decir unas cuantas verdades.
En su larga lista de galardones destacan la Distinción por la Cultura Nacional y la Medalla Alejo Carpentier, otorgadas por el Estado cubano.
El plusmarquista mundial de salto y vigente recordista del orbe, Javier Sotomayor, anduvo en estos días por Argentina, donde recibió la distinción de Huésped de Honor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, conferida por la Legislatura porteña.
La entrega del reconocimiento la hizo el presidente del Foro Mercosur Latinoamericano del Deporte, la Educación Física y la Recreación, Pedro Hugo Tavosnanska.
Al agradecer la condición Sotomayor dijo que lo hacía en nombre del movimiento deportivo y el pueblo cubanos.
El «Príncipe de las alturas» intervino en el panel inicial del encuentro, que versó sobre Políticas públicas en deporte, ocio y Educación Física en América Latina y allí ofreció detalles sobre la organización del movimiento deportivo cubano y la pirámide del alto rendimiento.
Ausente desde hace ya algunos años de las primeras planas de la prensa deportiva, el Soto, como lo identifican sencillamente sus amigos, sigue muy vinculado al atletismo, dedicado a entrenar a jóvenes saltadores, es uno de los directivos del Instituto de Deportes y Recreación de Cuba y patrocina un grupo artístico, pues la música es una de sus grandes pasiones.
Con su enorme corpachón caído de hombros, quizás por tantas horas de estudio ente el teclado y las partituras, acaba de cumplir 70 años -9 de octubre (Quivicán, 1941) quien con una obra enorme y múltiple de irradiación universal, es un gran desconocido cuando lo llaman Dionisio de Jesús Valdés, pero no necesita presentación si se habla de Chucho Valdés.
«En música no se puede decir jamás que se ha escrito la última palabra», dijo Chucho poco antes de partir a su más reciente gira por ciudades europeas, ante públicos que caen rendidos ante la deslumbrante entrega de los temas del disco Chucho’s steps, ganador de la última edición de los Grammy.
Dicen que fue un niño precoz. En la familia cuentan que a los tres años, su padre Bebo se sorprendió ante unos amigos en casa cuando escuchó al pequeño tocar una frase completa que había aprendido de él en el teclado.
Pero habría que hablar de un genio cultivado con tenacidad, disciplina, mente abierta y mucho trabajo. Chucho no olvida el aprendizaje de la lectura musical con Oscar Bouffartigue, las clases de piano con Rosario Franco y Zenaida Romeu, ni las enseñanzas que recibió de Leo Brouwer y Federico Smith en el Teatro Musical de La Habana y luego con Armando Romeu en la Orquesta de Música Moderna, todos nombres consagrados del pentagrama cubano, considerado uno de los mejores pianistas del mundo.



