La iglesia impulsa las reformas

Ya nadie duda que la Iglesia católica de Cuba ha ido ocupando de manera lenta pero aplastante un papel protagónico en delicados asuntos internos de la isla como es el caso de la liberación de presos políticos, para disgusto, incluso, de las autoridades estadounidenses y los grupos fundamentalistas del exilio de Miami, que al parecer quisieran que los curas se dedicaran a poner bombas y que los presos continuaran tras las rejas, porque libres no les representan ningún beneficio. Ya nadie duda que la Iglesia católica de Cuba ha ido ocupando de manera lenta pero aplastante un papel protagónico en delicados asuntos internos de la isla como es el caso de la liberación de presos políticos, para disgusto, incluso, de las autoridades estadounidenses y los grupos fundamentalistas del exilio de Miami, que al parecer quisieran que los curas se dedicaran a poner bombas y que los presos continuaran tras las rejas, porque libres no les representan ningún beneficio.

Pero resulta que ahora también la cúpula católica cubana parece lanzarse junto a las autoridades para buscar la forma de que las controvertidas reformas anunciadas por el presidente Raúl Castro y puestas ya en marcha en cierta medida, marchen «por el buen camino».

Precisamente, eso fue lo que dijo el cardenal Jaime Ortega en una conferencia hace pocos días en la apertura del Seminario Internacional del Programa Dialogo con Cuba, que sesionó durante tres días en La Habana.

«Esto -dijo Ortega refiriéndose a las reformas- nos implica a todos y la buena marcha de estas transformaciones no depende solamente de las autoridades sino en la compresión adecuada por parte del pueblo de las medidas y de nuestra capacidad crítica para expresar claramente nuestras divergencias o señalar cuanto nos parezca que debe ser modificado».

Son prácticamente las mismas ideas que ha expresado Raúl Castro en sus últimas intervenciones, en las cuales ha planteado la necesidad de llevar adelante los cambios -actualización del modelo según sus palabras-, pero explicándole bien a la gente que se trata de medidas fuertes, pero necesarias, y que su éxito depende en enorme medida de la «comprensión» de todos. Pero también el presidente cubano ha insistido en la necesidad de escuchar todas las opiniones e incluso asumir aquellas abiertamente discordantes.

«La Iglesia tiene también una alta responsabilidad en estos esfuerzos, incluyendo la oración por la buena marcha de este proceso y el acompañamiento al pueblo durante el mismo», afirmó el cardenal en su conferencia.

Quién lo iba a decir, piensa Radio Bemba, que tirios y troyanos iban a estar «en la misma trinchera» después que se pasaron años y años tirándose los platos a la cabeza. Pero así de loco es este mundo, o dialéctico, para no ofender.

Como se recordará, las llevadas y traídas medidas incluyen el recorte de medio millón de empleos en las empresas y organismos estatales, y esa masa de cesantes deberá ir a parar en casi su totalidad a formas de trabajo privadas, en un país donde hace poco hasta la producción de churros corría a cuenta del Estado, por lo cual las reformas conllevan una apertura al trabajo privado y a la inversión extranjera nunca vista en el medio siglo de socialismo a la cubana.

Por si fuera poco, de acuerdo con lo planteado por el propio Raúl Castro, la Revolución le dice adiós al paternalismo estatal y se lleva a cabo una eliminación paulatina de los subsidios a numerosos productos y servicios que le está poniendo los pelos de punta a más de uno.

Los cambios deberán ser ratificados en el VI Congreso del Partido Comunista en abril, pero desde hace meses son discutidos por los cubanos en asambleas de empresas, universidades y barrios, durante las cuales se han recogido todo tipo de opiniones, interesantes, inteligentes, originales, valientes, audaces, inquietantes, descabelladas o francamente locas, es decir, para todos los gustos y auditorios, aunque falta por ver cuales serán recogidas en los Lineamientos que apruebe el congreso.

La cosa viene de tal manera que los pesimistas aseguran que «esto no hay dios que lo arregle»; los temerosos piden «que dios nos coja confesados», y los optimistas aseguran que «dios aprieta pero no ahoga». No en balde el protagonismo de los pastores.

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