“Que los saquen por el techo”

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La televisión cubana anunció importantes cambios en su programación, pero hasta ahora el público permanece como los pichones, esperando la comida con el pico abierto, y claramente inconforme con algunas de las «novedades» que han aparecido en parrilla, en especial las del canal Cubavisión, el de mayor teleaudiencia. La televisión cubana anunció importantes cambios en su programación, pero hasta ahora el público permanece como los pichones, esperando la comida con el pico abierto, y claramente inconforme con algunas de las «novedades» que han aparecido en parrilla, en especial las del canal Cubavisión, el de mayor teleaudiencia.

Los primeros desacuerdos los promovió «Con palabras propias», algo parecido a una telenovela de lo cual ya hablamos anteriormente en este espacio, y para el que no escampa, en lo que a críticas se refiere.

Ahora le tocó al turno a «Salir por el techo», un musical con pretensiones humorísticas que en su primer día y después de haber sido promocionado como la gran cosa durante semanas, dejó a los televidentes boquiabiertos con chistes tan, pero tan malos, que daban ganas de llorar.

Con una conducción pésima y gags demasiado «calientes» para un espacio destinado supuestamente a todos los públicos (sábado a las 8.30 de la noche), los 45 minutos de suplicio no pudieron ser salvados ni siquiera por la presencia, a lo largo de todo el espacio, de los Van Van, la agrupación de superlujo de la música popular cubana, que ofreció, prácticamente en primicia para la televisión, casi todas las canciones de su más reciente disco, «La maquinaria».

Al día siguiente pedimos opinión a no pocos amigos, vecinos y parientes sobre qué les había parecido el nuevo programa de la TV y la respuesta fue contundente: Si los próximos son como el primero, lo mejor es «que lo saquen por el techo».

No todo son desgracias para quienes prefieren como opción recreativa la TV. En el canal Habana, que se ve en buena parte del occidente del país, terminó con un elevadísimo rating el culebrón brasileño Por amor, en el cual un gran grupo de pesos pesados de la red O Globo, encabezados por Regina Duarte y Susana Vieira, mostraron a lo largo de 130 capítulos de casi una hora todas las grandes cosas y las grandes barbaridades que se pueden hacer «por amor».

Con el mérito de un guión capaz de hacer creíbles hasta situaciones que pueden estar más allá del límite, Por amor logró capturar lunes, martes, jueves y viernes, durante semanas y semanas, a casi toda la teleaudiencia del testo de los canales.

Y sin dar tiempo para un respiro, lanzó al siguiente día una teleserie colombiana con la enésima versión de nada menos que «Doña Bárbara», la monumental novela del venezolano Rómulo Gallegos.

No importa que generaciones se sepan de memoria la sórdida historia de pasión y odio de la dañera de El Miedo por el doctor Santos Luzardo, amen desde siempre a Marisela, rían con Juan Primito, desprecien a Mister Danger o teman al indio Melquiades. Sobran ingredientes para enganchar una vez más a conocedores y novatos.

Habrá que hablar más de una vez sobre el tema, pues a la vista de todos anda la XI Bienal de La Habana, que comenzó el pasado 11 de mayo y durante todo un mes estará desperdigada por toda la ciudad, en parques, plazas, avenidas y a casi todo lo largo del Malecón, sin contar, por supuesto, los lugares tradicionales para las artes plásticas, como los museos y galerías.

Y comenzó por lo alto. Entre otras acciones mucho ha dado que hablar la de Manuel Mendive, uno de los grandes de la plástica cubana actual y especialista en el body art (pintura en el cuerpo humano) y en el denominado arte efímero, quien lanzó el multitudinario performance «Las Cabezas», un verdadero carnaval de hombres y mujeres desnudos, pintados de pies a cabeza con los símbolos africanos que caracterizan la obra de Mendive, acompañados por acróbatas, tragafuegos, saltimbanquis y bailarines que, tomando como punto de partida el Gran Teatro, recorrieron el paseo del Prado hasta el final y retornaron luego hasta la escalinata del Capitolio dejando atónitos con su desnudez, erotismo y color a cientos de transeúntes desprevenidos, y que llegaron al clímax con una especie de ritual rematado por el maestro Frank Fernández con uno de los preludios de Chopin.

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