«Mire para allá compay», le dijo bajito el casi nonagenario Eustaquio al no menos viejo Conrado, indicándole con un movimiento de cabeza a dos «niñas» que pasaban por frente al portal donde los veteranos disfrutaban del fresco de la tarde y del paisaje. «Mire para allá compay», le dijo bajito el casi nonagenario Eustaquio al no menos viejo Conrado, indicándole con un movimiento de cabeza a dos «niñas» que pasaban por frente al portal donde los veteranos disfrutaban del fresco de la tarde y del paisaje.
Conrado se olvidó de los dolores de la cervical cuando torció el cuello todo lo que pudo para contemplar a las dos criaturas que, más que caminar, se deslizaban con sus zapatillas de marca, vistiendo unas licras bien ajustadas a los sendos cuerpazos, camisetas igualmente apretaditas y cargando cada una con su respectiva botellita de agua, con cara de felicidad por exhibir lo que Dios les dio.
«Esos monstruos van para el gimnasio particular que abrieron a dos cuadras de aquí y que está lleno de titis como esos o mejores», le aseguró Conrado con la expresión del que se las sabe todas.
Entre los negocios que han florecido últimamente no podían faltar los gimnasios, y con ellos se han multiplicado los amantes a los ejercicios, ya sean muchachas, para perfeccionar sus curvas, o muchachos para inflarse los músculos, y hasta medios tiempos de uno y otro sexo que no quieren dejarse caer.
Para ello solo hay que tener el entusiasmo y la disciplina de ir casi todos los días después del trabajo o de la escuela y también el dinero suficiente para pagar por las series de ejercicios o incluso una mensualidad, porque lucir bonito cuesta caro.
Emilio, que era profesor de educación física en una secundaria básica es uno de los que se apuntó al negocio y gracias a su formación profesional y a disponer en su propia casa de un área al aire libre bien amplia, montó con un pariente que le financió los equipos imprescindibles, un salón que, a medida que se fue regando la bola por el barrio, ha ido incrementando el número de clientes y la cosa marcha «viento en popa».
Quienes no tienen para pagar el gimnasio privado, pues acuden a hacer sus ejercicios en áreas deportivas estatales, donde han ido instalando módulos bastante completos en los últimos tiempos para practicar, gratis, todo tipo de ejercicios, aunque carecen de las clases de aerobios y otras especialidades sofisticadas que imparten en los particulares.
Los tiempos en que los cubanos estaban delgaditos en su mayoría a fuerza de dar pedales como unas trastornados y consumir obligatoriamente una dieta vegetariana y sin grasas forman parte de los malos recuerdos del Período Especial, pero ahora muchos andan pasaditos de kilos y corren, si pueden, a quemarlos a los gimnasios.
«Conrado, deberíamos apuntarnos, y por lo menos si no hacemos mucho deporte podemos ligar a una chiquita de esas» sugirió Eustaquio en un desvarío de la edad.
Conrado lo miró serio antes de regañarlo: «Mire compay, si usted dobla la cintura no se endereza, y deje tranquilas a las niñas, que nosotros ya estamos como el ratoncito Pérez, que solo podemos «dormir y callar, dormir y callar».



