Vida Nueva

Con septiembre cambia la vida en Cuba. Es como decir año nuevo, vida nueva, pero en realidad es curso nuevo, vida nueva. Siempre, en los primeros días del mes (esta vez fue el día 6) comienza el calendario escolar para todos, desde los más pequeños que inician en la vida en el pre escolar, hasta las universidades, institutos tecnológicos y educación para adultos. Con septiembre cambia la vida en Cuba. Es como decir año nuevo, vida nueva, pero en realidad es curso nuevo, vida nueva. Siempre, en los primeros días del mes (esta vez fue el día 6) comienza el calendario escolar para todos, desde los más pequeños que inician en la vida en el pre escolar, hasta las universidades, institutos tecnológicos y educación para adultos. En total, según anunció el Ministerio de Educación, una matrícula de más de dos millones 600 mil alumnos, repartidos en la friolera de 12 mil escuelas de todo tipo (algunas son solo pequeñas aulas en las zonas más apartadas con un maestro para solo cinco muchachos) y 68 centros universitarios.

Ya desde finales de agosto, entre paseo y paseo, durante las vacaciones, co­men­­zó la tragedia de los padres para encontrar la talla exacta de los uniformes para los niños, pues en Cuba todos usan uniforme, menos los universitarios, claro, y el deambular tienda tras tienda buscando el número exacto se convirtió en poco menos que misión imposible, y ni hablar de los zapatos, pues a esa hora todo el mundo tiene que exprimirse el bolsillo para comprar un calzado que reúna las tres B, bueno, bonito y barato, aunque esto último es lo más difícil, pues hay que adquirirlos en pesos convertibles (CUC), y un par que cueste 15.00, por ejemplo, equivale 360.00 pesos de los corrientes, o lo que es lo mismo, un salario largo, pues hay cubanos que ganan menos. Pero como se trata de la isla de lo real maravilloso, todos van a la escuela y descalzo nadie, ni para mataperrear después de clases. Comprar los utensilios escolares es más fácil, pues aunque la escuela entrega una parte gratuitamente, el resto también hay que zapatearlo, como se dice en buen cubano, pero por suerte las escuelas no exigen cuadernos, lápices y otros utensilios de «marca», y cualquiera vale. La cuestión es estudiar y parece que este año los muchachos tendrán que ponerse las pilas pues si desde el curso anterior las autoridades educacionales apretaron las clavijas, ya anunciaron que en el periodo que recién comenzó, la exigencia continuará hacia arriba en busca de una calidad educativa que en los últimos años se había resentido.

Como novedad y para regocijo de todos, la mayoría de los alumnos de la enseñanza preuniversitaria volvieron a centros en las ciudades, acondicionados a toda carrera por el Estado, luego de años de un fallido programa de escuelas en el campo, demasiado costoso para un país en crisis económica, y que por añadidura en nada contribuyó a la educación «laboral» de los jóvenes, pues lo que se entronizó en quienes iban a las labores agrícolas era la práctica sistemática del «majá», es decir, buscar una sombrita debajo de un árbol, tenderse, hacer cuentos, disfrutar del «ocio creador» y trabajar por casualidad.

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