Ana estaba en problemas. Se le rompió la olla de presión, la china, de tres pistones, que suena como una locomotora pero hace el arroz o los frijoles en un dos por tres, y para ella, que además de trabajar en la calle tiene que hacer casi todas las cosas de la casa, “su ollita”, como le dice cariñosamente, era de una estimable ayuda, sobre todo para ganar tiempo. BAJO PRESIÓN
Ana estaba en problemas. Se le rompió la olla de presión, la china, de tres pistones, que suena como una locomotora pero hace el arroz o los frijoles en un dos por tres, y para ella, que además de trabajar en la calle tiene que hacer casi todas las cosas de la casa, “su ollita”, como le dice cariñosamente, era de una estimable ayuda, sobre todo para ganar tiempo.
El problema era arreglarla. Las ollas de tres pistones llegaron cuando las autoridades lanzaron aquello de la Revolución energética, como parte de la cual a casi todas las familias se les vendieron a crédito y a precios subsidiados un módulo completo de cocina que incluía las famosas ollas chinas.
Pero de eso hace años, pasado el tiempo los equipos se van rindiendo ante el uso diario y hay que salir a repararlos por la imposibilidad de comprarlos nuevos en las shoping donde los precios no compaginan con el presupuesto de Ana. Lo más factible sería acudir a los talleres del Estado, pero allí es poco probable que pueda resolver su situación. Con cara de aburrimiento, el empleado que la atendió le explicó que “sí, aquí se reparan, pero hace mucho que no tenemos piezas” y sin nada más que decir, continuó leyendo su periódico.
“No queda otra que morir con los merolicos” pensó Ana, y allá fue, pero se quedó fría cuando solo por el mango de la olla, que hay que reponerlo, le pidieron 80 pesos, y como hay que cambiarle también una válvula y pagar la mano de obra, Ana sacó la cuenta de que la olla le iba a salir más cara de lo previsto, y volvió para la casa con su ollita bajo el brazo.
Pero por suerte se enteró que “por allá por Luyano hay un taller central que tiene casi todas las piezas y le dejan a usted la olla como nueva”. Se lo dijo una vecina, y efectivamente así fue y por solo 30 pesos Ana tiene ahora su ollita, lista para dar guerra durante unos años más.
Lo de las roturas de las ollas y otros equipos no es un problema solo para Ana, sino que cada vez son más las familias que lo sufren y se quejan de que no hay soluciones inmediatas.
Tanto es así que la pasada semana el vicepresidente del Consejo de Ministros, Marino Murillo, exhortó a los funcionarios del Ministerio de Comercio Interior (Mincin) “a resolver de forma inmediata” lo referente a la reparación de equipos de cocción.
Como cada vez son más quienes se quejan de las insuficiencias e ineficiencias del Mincin, el asunto se va convirtiendo casi en un problema político, porque muchos comienzan a ver la famosa Revolución energética, como una desgracia y no como la panacea que les iba a resolver buena parte de sus limitaciones en materia de energía.



