Finaliza la Bienal de mayor impacto para los cubanos

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La semana pasada se clausuró la Duodécima Bienal de Arte de La Habana en un año que se ha caracterizado por dejar algunas escenas imborrables en la capital cubana que, a buen seguro, serán difíciles de olvidar para los habaneros. La semana pasada se clausuró la Duodécima Bienal de Arte de La Habana en un año que se ha caracterizado por dejar algunas escenas imborrables en la capital cubana que, a buen seguro, serán difíciles de olvidar para los habaneros.

Es el caso de la mulata Arminda que hace unos días iba caminando distraída, de regreso del mercado agropecuario cargada de papas, tomates, zanahorias y unos mangos enormes, de esos que llaman huevos de toro, cuando de pronto se detuvo ante aquello y solo atinó a soltar un grito mezcla de admiración y espanto: “¡Ave María purísima! ¿Y eso qué cosa es?”. El motivo es que ante ella, sobre la glorieta del habanero Parque Lennon, se encontraba una descomunal pieza dental, que apareció de la noche a la mañana y que a juicio de otros, como Arminda, no podía ser otra cosa que un tributo a algo que en Cuba es casi una profesión: la muela.

Tanta muela es lo que tradicionalmente ejercen los dirigentes en las reuniones del Partido, el Poder Popular, el sindicato y demás organizaciones mediante larguísimos discursos en los que hablan de lo humano y lo divino sin resolver nada, como la que dan los vendedores de pescado “por la izquierda” a la puerta de la casa cuando quieren convencer al potencial cliente víctima de que le están ofertando unos suculentos filetes de pargo en vez de claria, a pesar de que el color grisáceo de la carne indique todo lo contrario. Y «Tremenda muela» es, precisamente, el título de esa obra del cubano Alejandro Darío, que alude tanto a las proporciones del molar, como a esa frase recurrente en los cubanos para referirse a una monumental diatriba.

La escultura de tres metros de alto, construida con poliespuma y otros materiales, responde al concepto de la XII Bienal de La Habana, que este año parece haber llegado a la sublimación de la idea de sacar al arte de sus reductos habituales y esparcirlo por los lugares más insospechados de la ciudad.

Con su obra, que forma parte de las muestras colaterales del evento, Darío explicó ante los sorprendidos en el parque del Vedado, que se propuso “una relectura de la ‘muela’ para propiciar una reflexión sobre ciertos discursos que solo provocan desconfianza e incredulidad”. Pero, más contundente que la disquisición estético-filosófica del artista, fue la populachera conclusión de Arminda minutos después de reponerse del susto y en medio de la risa de los buenos entendedores: “¡Una muela como esa, ni quien tu sabes en sus buenos tiempos!”.

Pero ha habido muchas otras controvertidas obras esparcidas por todos los puntos céntricos de la ciudad e incluso más allá, donde la curiosidad de muchas simples Armindas se convierte en disquisición teórica sobre el arte a nivel de pueblo, lo que para los organizadores de esta Bienal resulta todo un éxito, pues aseguran que era eso lo que se proponían.

Uno de los mejores ejemplos está en el casco histórico, donde la Oficina del Historiador de la Ciudad reafirmó esa zona como la idónea para las actividades de la XII Bienal habanera. Dicho espacio físico y cultural, emplazado en el corazón de La Habana Vieja, puso a disposición de los más de mil artistas de 40 países que por esos días visitaban la urbe, casi por completo sus instalaciones y galerías, e incluso casas particulares que desde el 22 de mayo sirvieron como escenario especial para la gran cita de las artes visuales.

En total más de una decena de muestras colaterales del evento se encontraban dispersas por el casco histórico. Un hecho que según la especialista Liset Valderrama, ha demostrado la adaptación y versatilidad de los espacios de la institución para estos propósitos. Una dispersión geográfica que también encajó con el lema del evento «Entre la idea y la experiencia», por la que varias de las galerías acogieron muestras colaterales.

Otras de las principales atracciones de esta edición fueron Bienal la exposición del artista italiano representante del Arte Povera (pobre) Michelangelo Pistoletto o los extensos performances del indio Nikhil Chopra, ambas presentadas la Oficina del Historiador. Y, en un registro completamente distinto, una performance que combinó sorpresas para el paladar con la creación de “obras artísticas” tan apetitosas como efímeras, en las que artistas y pasteleros se pusieron de acuerdo para confeccionar variados pasteles, que los espectadores podían engullir luego de “pintarlos” ellos mismos, con mermeladas y siropes de todos los colores y sabores, hasta el punto de ignorar literalmente la enorme carga erótica de los modelos –mujeres y hombres- que semidesnudos y untados de chocolate, les ofrecían los manjares.

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