Esther Acosta, en una entrevista concedida a Prensa Latina, habla de cómo descubrió en la lectura el encanto del imaginario humano. Esther Acosta, en una entrevista concedida a Prensa Latina, habla de cómo descubrió en la lectura el encanto del imaginario humano. Aunque estudió una carrera de letras, de joven se vio tentada por las matemáticas. Aprendiz en los años fundacionales de la editorial Letras Cubanas, y experimentada luego en sellos tan importantes como los de Arte y Literatura, el Fondo Editorial de Casa de las Américas, Ocean Press y Boloña, el año 2011 la sorprendió a con el Premio Nacional de Edición “por su larga trayectoria en el sistema editorial cubano y el aporte de sus vastos conocimientos y su excepcional rigor técnico e intelectual”.
-Después de conocer muchos de sus criterios profesionales, ¿el editor puede ser un escritor a medias?
-No necesariamente. El editor tiene que amar la escritura, eso sí, pero el escritor tiene todo un mundo de imaginación que el editor puede o no tener; ahí veo la primera diferencia. El editor siempre tiene que estar muy vinculado con las temáticas que abordan los libros que hace, y si no es especialista en la materia, entonces tiene que buscar información, pero siempre tener elementos colaterales al texto o a la técnica de edición, propiamente dicha. Hubo una polémica sobre qué editor era el mejor: uno que dominara la lengua y, a la hora de editar una temática específica, tratara de especializarse en ella sobre la marcha; o un especialista de determinada temática que buscara información sobre la lengua, la gramática, la redacción. En las editoriales de letras se aspira a que los editores sean lingüistas, mientras que las editoriales científico-técnicas prefieren tener un especialista.
-A su juicio, ¿qué debe hacer un buen editor: modificar o suprimir textos? Autor y editor, ¿personajes antagónicos?
-Depende de lo que necesite el texto. Uno está leyendo una obra y puede ser que en ese momento determine que algo sobra, o puede entender que un capítulo no debe ir en el lugar que está, sino en otro, o que cierta idea se dijo y se repite, y entonces suprime o resume, pero siempre debe planteárselo al autor y es este quien debe decidir, porque es
su obra. Eso es muy importante. En cuanto a si son antagónicos, yo creo que son colaboradores para sacar un libro, porque el autor es el creador de la obra. Ahora, ¿qué hace el editor? Trabaja la obra para que se convierta en libro. Pienso que el editor no puede ser autosuficiente y crea que puede cambiar cualquier cosa, porque nadie sabe tanto y, por ende, puede que uno cambie algo al autor y lo haga mal, como ha ocurrido, por ello muchos autores a veces exclaman: “¡Con esta experiencia!”
-Y como norma general, ¿el escritor acepta las recomendaciones del editor? ¿Cuál es su libro de cabecera?
-Eso depende de ambos. Depende de que el autor sea lo suficientemente modesto como para oír, y depende de que el editor sea lo suficientemente inteligente como para hacer una propuesta o una observación interesante o inteligente.
Hay autores que no desean que le señalen correcciones a su libro, pero después las hacen cuando se dan cuenta de los errores. Esa experiencia la he tenido. Han dicho: todo perfecto; pero luego que el editor indica que hay una contradicción, porque usted dijo noche cerrada y hay luna llena (Risas), ¿cómo hacemos? Entonces ahí, vuelven a leer, por que hay cosas que se van, como se les van millones de cosas al editor. Mejor no entrar en la polémica porque hay muchas anécdotas de disparates cometidos por los editores. No tengo libro de cabecera, eso es muy difícil. Yo leo, disfruto lo que leo y sigo andando, pero nunca me quedo ahí.



