Hay quienes aseguran que pasar por la aduana del aeropuerto internacional José Martí es poco menos que andar descalzo por el infierno, porque decomisan los artículos más increíbles, ponen enormes «multas» y hasta algunos funcionarios piden regalos descaradamente, lo mismo en dinero que en especie. Hay quienes aseguran que pasar por la aduana del aeropuerto internacional José Martí es poco menos que andar descalzo por el infierno, porque decomisan los artículos más increíbles, ponen enormes «multas» y hasta algunos funcionarios piden regalos descaradamente, lo mismo en dinero que en especie. Otros, en cambio, afirman que pasan por allí sin el menor problema, que son atendidos con amabilidad y profesionalismo y que incluso los funcionarios los han ayudado para salir lo más rápido posible de ese trance y llegar sin demora a su destino.
La verdad es que muchos no saben a quien creer.
Puede que sea cuestión de suerte y que depende de que el viajero se tope con un equipo de «buenos» o de «malos».
¿O será cuestión de rachas, como le ocurre a los jugadores?
Si la cosa es así a Wilfredo le tocó hace pocos días la buena racha, pues procedente de Miami viajó a ver a su familia a la que no visitaba desde el año pasado. Llegó por la terminal 2, en la que confluyen los vuelos «de la comunidad», principalmente de Estados Unidos, y siempre ha sido de las más «calienticas» y para colmo viajando como «mula» con una carga de pacotilla para un desconocido que lo esperaba en la terminal, porque hace un tiempo se quedó sin trabajo y sus finanzas en Miami no andan nada bien. Pues salió encantado de la vida, anduvo rápido, los funcionarios de la aduana solo se fijaron en que su equipaje estuviera en el peso permitido y ni siquiera le cobraron por entrar al país un quemador de DVD, que llevaba en el equipaje de mano y que fue detectado de inmediato en el «escáner». Algo parecido le ocurrió a Ernestina, que lleva un siglo viviendo en la Florida y está cansada de viajar entre La Habana y Miami. Ella si llegó cargada con regalos para toda la parentela, pero solo tuvo que pagar por el exceso «allá», porque en La Habana, nada de nada, y como ya es muy mayor, la montaron en una sillita de ruedas y «pa’fuera».
La misma impresión se llevó una pareja que viaja con asiduidad porque están en el negocio de las «mulas».
«Todo perfecto -aseguró ella- porque ni me revisaron el bolso a pesar de que traía en ella un montón de chucherías y cosas».
Así que ¿Sorpresa?, ¿O cambio de mentalidad?, ¿O nuevos aduaneros? ¿O todo al mismo tiempo? Y si es cuestión de rachas, pues hay que aprovechar ahora…



