Este nuevo Fidel, este Fidel distinto que nos ha traído el verano tras su desaparición de casi cuatro años, no para de sorprender a propios y extraños. Este nuevo Fidel, este Fidel distinto que nos ha traído el verano tras su desaparición de casi cuatro años, no para de sorprender a propios y extraños. Tal es así que hasta personas tan cercanas a él como su propia sobrina, Mariela Castro, se apresuran a explicar que el líder revolucionario está muy cambiado. Y tanto. Sin embargo, como personaje nacido a la popularidad a mediados del pasado siglo, controla los códigos secretos de los medios de masas como nadie, o quizá sólo con la misma capacidad que lo hicieron contemporáneos suyos como el neoyorquino Andy Warhol. Es, por si alguien lo dudaba una auténtica estrella pop y consigue, aparentemente sin despeinarse, que cualquier nadería que se le ocurra declarar ocupe un espacio privilegiado en los medios de comunicación. Tal es así que, en el verano, sus apariciones y sus ‘lapsus‘ han sido constantes, a pesar de que su discurso carece por completo de importancia, casi lo mismo que los hechos que ha protagonizado en este tiempo.
Pero, con lagunas mentales, o sin lagunas mentales, el todavía secretario del Partido Comunista de Cuba, provoca y fascina a la concurrencia hasta tal punto que consigue, perfectamente, que parezca que pasan cosas donde no pasa absolutamente nada. De hecho, los pocos movimientos que, en realidad, se producen en la Isla tienen muy poco que ver con la Cuba oficial y son muy poco promocionados, ni por las autoridades, que no tienen el más mínimo interés en los aspectos de interés humano de las posibles informaciones que se generarían, ni por unos periodistas internacionales que parecen más anclados en la década prodigiosa que el propio Fidel.
Y así sucede, sin que casi nadie lo cuente, que en ese mundo de prodigios y maravillas que se supone que es la mayor de las Antillas, durante los seis últimos meses, según datos no confirmados por ninguna instancia oficial pero perfectamente perceptibles por la simple observación, resulta que los ciudadanos cubanos se han convertido en el segundo colectivo de clientes en valor absoluto con el que cuenta la industria del turismo de costa y playa del país. Sólo les superan los canadienses.
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