El caso de Palmita sintetiza las contradicciones de una Cuba en tránsito. Entre la década de 1930 y los años previos a 1959, su nombre estuvo vinculado a procesos que marcaron la vida política y cultural del país. Desde un joven cabo insubordinado que disparó a su sargento —y fue absuelto gracias a su defensa— hasta las pugnas por mantener abierto el cabaret Tropicana frente a la presión de la Iglesia, Palmita se convirtió en un personaje incómodo pero imprescindible en los tribunales de la época.
De la defensa de un cabo insubordinado al despacho de Batista
Su primer gran salto se produjo en un tribunal militar de los años 30. Un cabo del ejército había disparado contra un sargento y todo apuntaba a una condena ejemplar. La oratoria de Palmita desmontó la acusación y logró la absolución. Aquel sargento resultó ser Fulgencio Batista, quien años después lo recordaría con gratitud, hasta el punto de invitarlo a su despacho como coronel para encargarle la redacción de un nuevo código penal militar.
La relación con Batista lo marcó para siempre. El propio abogado temía que ese episodio le generara problemas en el futuro, especialmente tras el triunfo de la Revolución. Por eso, nunca permitió que se publicara aquel caso en detalle.
«Palmita fue capaz de moverse con soltura entre la política, la judicatura y la cultura habanera, dejando huellas en todos esos ámbitos», recuerdan cronistas de época
Un defensor de comunistas y del cabaret Tropicana
Más allá de su vínculo con Batista, Palmita adquirió notoriedad al defender a figuras vinculadas al movimiento comunista. Entre ellos, el propio Blas Roca Calderío, quien más tarde presidió el Parlamento cubano entre 1976 y 1981.
Pero quizás su intervención más célebre fue en 1940, cuando representó al cabaret Tropicana frente a los intentos de clausura impulsados por sectores religiosos y vecinos. Su alegato, cargado de ironía, quedó para la historia: cuando un conde aseguró que no podía dormir por el ruido nocturno, Palmita replicó que lo hiciera de día.
El abogado de la farándula y el espiritismo
En los años 50, Palmita amplió su influencia al mundo cultural. Fue defensor de artistas y llegó a involucrarse en la revista Show, dedicada a la vida nocturna habanera, acusada injustamente de pornográfica.
En privado, cultivaba una faceta insólita: practicaba el espiritismo, que decía ejercer «en beneficio de sus allegados». Su esposa, Mercedes, reveló tras su muerte que había dejado instrucciones para transmitir su placa profesional y un texto sobre cómo comunicarse con los espíritus.
Su final fue tan inesperado como trágico. Falleció tras ser atropellado por un autobús en La Habana cuando intentaba recoger alimentos racionados. Tenía casi 90 años
Un legado olvidado
Medio siglo después, la figura de Palmita sigue siendo una rareza histórica. Apenas algunos periodistas, como Ciro Bianchi Ross, lo rescataron en crónicas que recuerdan su ingenio y sus polémicas. En las logias masónicas de La Habana aún se evocan sus charlas, pero la mayor parte de su archivo personal desapareció tras el suicidio de un escritor que trabajaba en su biografía.
Su «álbum secreto», compuesto por fotografías de mujeres que amó, y sus papeles judiciales se perdieron en el tiempo. La historia de Carlos Manuel Palma resume la de un país convulso: brillantez en los tribunales, conexiones con dictadores y revolucionarios, pasión por la cultura y un final marcado por el olvido.