Reciclaje

Emprendedoras cubanas defienden el reciclaje como espacio de creación

En medio de la crisis de la basura en la capital cubana, surgen proyectos de economía circular que transforman vidrio y textiles en piezas creativas y fomentan la sostenibilidad.

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Justo cuando en la capital cubana aumentan los problemas con la recogida de los residuos sólidos, el reciclaje se ha convertido no solo en una preocupación de las autoridades y la ciudadanía en general, sino también en el centro de varios emprendimientos que defienden conceptos como el de economía circular y resistencia creativa.

La capital cubana genera diariamente alrededor de 30.000 metros cúbicos de desechos sólidos, una cifra superior a los volúmenes de años anteriores, según reportes del sitio Cubadebate.

Tal situación tensiona la capacidad operativa del sistema de recolección, que tiene importantes limitaciones técnicas, afirmó a ese medio el director provincial de Servicios Comunales en La Habana, Mariano Suárez del Villar Farrés.

En tanto, de acuerdo con datos oficiales, se recicla el 40 por ciento de los residuos generados, lo que incrementa la contaminación ambiental y la «presión» sobre los vertederos.

Pero el reciclaje ya no es solo un tema que compete a la estatal Empresa de Recuperación de Materias Primas de La Habana, sino que se ha convertido también en el centro de varios emprendimientos locales.

Anibex Abreu comenzó con su proyecto para la transformación del vidrio durante la pandemia de covid-19; aunque no sabía nada sobre el tema, su pasión la llevó a ir estudiando de forma autodidacta las técnicas empleadas en esos procesos.

Unos años después, registró en la Oficina Cubana de la Propiedad Intelectual la marca de su emprendimiento, Devuelta, en el que transforma el vidrio, un material con «infinitas posibilidades creativas» y cien por ciento reciclable, pues no pierde sus propiedades, según contó a la Agencia Sputnik.

Devuelta es un nombre que juega con la idea de retornar, devolver y dar vueltas, reflejando tanto el proceso de reciclaje como el cambio radical que este proyecto generó en su vida, dice Abreu.

No solo encontró una forma de combatir la contaminación, sino de dar riendas a su genio creativo: comenzó de manera rudimentaria, puliendo las botellas a mano con lijas, siguiendo siempre un camino artístico, y ya ha logrado desarrollar más de 50 piezas, incluyendo tazas, vasos, lámparas, bisutería, bandejas y sonajeros.

Recientemente, incorporó a sus procesos de trabajo la vitrofusión, fundiendo vidrio en un horno y expandiendo las posibilidades creativas.

Algunos de los equipos que emplea los elaboró ella misma o los hicieron sus amigos, pero muchas de las herramientas que necesita para trabajar el vidrio son muy costosas y no están disponibles en Cuba; esto le hace muy difícil poder adquirirlas.

También implementó un sistema para recircular el agua y ahora sueña con tener alguna fuente renovable para la generación de energía eléctrica, pues los frecuentes apagones interrumpen su trabajo; además, le gustaría que su producción fuese «completamente sostenible», dice.

Actualmente, Abreu realiza colaboraciones con numerosos emprendimientos, como bares, restaurantes y también con empresas estatales como Havana Club y el Museo del Ron.

Todo el material que emplea en la realización de sus piezas lo obtiene de donaciones de bares, restaurantes, hoteles, proyectos de reciclaje como La Mina y de sus propios vecinos, que suelen dejarle numerosos botellas en la entrada de su casa-taller.

Además, imparte talleres pues le interesa enseñar las técnicas del trabajo con el vidrio y que otras personas puedan replicar la experiencia y promover la economía circular.

Karla Lemus, arquitecta de profesión, también inició su proyecto de reciclaje textil durante la pandemia. Comenzó desde su casa con las llamadas ventas de garaje, en las que comercializaba prendas que ya no usaba y también las de algunos amigos, que se las cedían para tal fin.

Después empezó a transformar esas ropas más antiguas o pasadas de moda para darles una nueva vida y así se fueron ampliando poco a poco, al recibir ropa en consignación que le entregaban personas de la comunidad, contó la joven a esta agencia.

Siempre se trata de rescatar aquellas prendas «más dañadas», aquellas que no se venden en un primer momento y que tienen más tiempo de circulación; «esta es la que tratamos de rescatar, de alguna manera, y prolongar su vida útil», apuntó.

De las ventas de garaje y la feria, pasó a conformar su tienda, en la cual, además de vender piezas recicladas, brinda un servicio de costura para que los clientes puedan ajustar o transformar sus prendas y prolongar su vida útil.

Su proyecto, llamado Ákares Shoppitrapo, también se ha convertido en una fuente de empleo, principalmente para mujeres, incluidas modistas que trabajan desde sus casas y artesanas especializadas en técnicas de tejido.

Del mismo modo, fomenta colaboraciones con otros emprendimientos, como bordadoras o estudios de serigrafía, para enriquecer las técnicas de reciclaje y rescatar más prendas.

Con el apoyo de amigos diseñadores y de la institución Habana Espacios Creativos, ha organizado dos desfiles de moda: «Cuquitas» y «Alteradas», en los cuales muestra la belleza que pueda surgir del reciclaje y la transformación de los textiles.

Estas alianzas con diseñadores, artistas visuales, fotógrafos y modelos han sido clave para dar visibilidad al proyecto y llegar a más personas, según apuntó la emprendedora.

Si bien para los cubanos no es nada nuevo el hecho de transformar y alargar la vida útil de objetos como envases de cristal y piezas de tela, iniciativas como las de Anibex y Karla exploran también el reciclaje como espacio para la creación artística.

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